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2016/07/05

Salón del Manga de Bilbao 2016

Pongamos las cartas sobre la mesa.

Si el lector está esperando un profundo análisis, desglose o autopsia del contenido del II Salón del Manga de Bilbao, evento que se celebró entre los días 24 y 26 de junio de 2016 en el Palacio Euskalduna, me temo que aquí no lo va a encontrar.

Cubrir un evento es agotador. Te obliga a estar allí desde el mismo principio hasta el mismo final, a hablar con todo el mundo, a asegurarte de que aprecias y entiendes todos los aspectos que la convención tiene que ofrecer y un largo etcétera. Es un trabajo pesado y tedioso que requiere, como poco, cierto grado de motivación. Dado que yo ni cobro por este trabajo ni soy periodista, no le debo nada a la profesionalidad. Lo hago por el simple placer de hacerlo, y ese placer hay que encontrarlo. Si pude hacer un primer análisis del Salón del Manga de Getxo es porque ya lo conocía y ya tuve la oportunidad de disfrutarlo a mi manera. Me dieron ganas de hacerlo y lo hice con mucho gusto. Pero no sabía prácticamente nada acerca del Salón de Bilbao. No sabía qué esperarme. Y, a menos que seas un maestro a la hora de jugar con el hype y los sentimientos de la gente, el desconocimiento total y absoluto no da ninguna emoción.

Por eso, he querido regresar a mis raíces y empezar de cero. Después de muchos años, he decidido volver a disfrutar de un salón a mí manera, a mí ritmo. He asistido a las conferencias que me interesaban y he visto el contenido que me ha llamado la atención. Ni más, ni menos. Así que, al menos este año, disculpadme si no escribo un reportaje como Dios manda sobre el II Salón del Manga de Bilbao. Si lo preferís, podéis considerarlo unas impresiones. Creo que será mucho más digerible de ese modo. Y, ya que sólo voy a hablar de aquello por lo que me interesé, podéis encontrar el resto de actividades y contenido en la página web oficial. Os prometo que no muerde.


2015/02/07

Yui Kanan: De la afición al oficio

¿Qué? ¿Se puede saber qué hago yo escribiendo dos semanas seguidas aquí? ¿Qué brujería es ésta? Alguna razón habrá, ¿no? Pues sí, señor, señora u otro. La hay, y es tan simple como que no he tenido que escribir más que esta introducción para tener toda una entrada lista para compartir. Así da gusto, oye. Además, está relacionada con el que parece ser el tema más candente y recurrente de Soul Swallow, y no hablo de Inazuma Eleven, por una vez.

Hilemos. La última entrada de este blog, que cubría el Salón del Manga de Getxo de 2014, mencionaba a dos invitados muy especiales que nos regalaron con su presencia a todos los asistentes de dicho Salón: la famosa cosplayer japonesa Yui Kanan y el director de anime Shinichi "Nabeshin" Watanabe. Mucho hay que decir sobre estos dos excepcionales invitados de lujo, y una gran parte de ello está en la entrada anterior. Pero una de las restantes, la correspondiente a Kanan, la podréis encontrar aquí mismo. Puede que no sea la parte más interesante —eso lo dejo a vuestro sabio juicio—, pero sí la más extensa y la exclusiva. Y es que la señorita Yui Kanan —también conocida como DJ Zaza—, además de adorable, es también considerada, y se dignó a concederles una entrevista a dos humildes e inexpertos estudiantes cuando fueros a verla al Salón del Manga en cuestión. Así, fuimos a un café cercano en un vano intento de alejarnos del ruido de la carpa y nos dispusimos a amortizar nuestro poco tiempo con Kanan al máximo.

A mí lado, como siempre, se encontraba Borja López, futura estrella de la publicidad y valioso compañero durante las largas y pesadas horas de clase que la universidad nos brinda, y por las cuales brindo yo. Mientras él se encargaba del apartado técnico —irónico, dado que el que estudia audiovisuales soy yo—, yo tuve el placer de conversar con Kanan —irónico, dado que el que estudia relaciones públicas es él— y, una vez más, con Hajime Kishi, quien hacía las veces de intérprete, dado que ni nuestra invitada habla español, ni yo hablo japonés. Por lo tanto, las respuestas que veréis aquí son las que el señor Hajime nos dio, pero podéis confiar en él y considerarlas las palabras exactas de Kanan.

Por desgracia, no pudimos charlar con la cosplayer todo lo que nos hubiera gustado y se nos quedaron varias preguntas en el tintero, pero, a pesar de la prisa que tenía, Kanan se mostró cortés y dispuesta en todo momento, lo cual nos ayudó enormemente. Ya se lo agradecimos infinidad de veces en persona, pero apreciamos tanto su esfuerzo que nos gustaría haber podido pasar media hora más con ella sólo para seguir dándole las gracias. Y, aunque no tenga los recursos lingüísticos necesarios para enterarse, quisiera agradecerle su tiempo una vez más desde aquí, y también al señor Hajime, por supuesto.

Sin más dilación, la entrevista, en la cual Kanan nos habla de su trayectoria, sus recuerdos, su oficio, el cosplay en Japón y sus impresiones acerca de España. Además, esta misma entrevista puede encontrarse junto al resto del reportaje en nuestra Wix.

2015/01/26

2014ko Getxoko Manga Azoka

Tira, ba. Bazen nire blogean euskeraz idazteko garaia.

Ikus-entzunezko Komunikazioa ikastera sartu nintzenean, banekien ikus-entzunezkoak ezer gutxi ikusiko eta entzungo nituela hasieran, eta horrela izan zen. Lehenengo urtea Kazetaritzako eta Publizitateko ikasleekin ematen da, eta haien klaseak ere gainditu behar izan ditut. Bigarren maila bakoitzak bere aldetik egiten du, baina irakasgai asko oraindik infiltratzen dira gure graduan, zergatia zein den inork ez badaki ere. Eta, horrela, zoro-zoroan, hirutan eman dut jada kazetaritza. Albisteak, erreportajeak, kronikak eta elkarrizketak nire eguneroko ogia bihurtu dira. Eta esango dizuet zerbait: asko gogoko dut. Ez horretan profesionalki aritzeko adina, baina, tira, lan polita dela onartu behar dut, eta leku anitzetara eraman nau, baita aukera politak eman ere, honako hau bezalakoa.

Are politagoa da lankide onak alboan dituzunean, ordea. Lagun on asko dauzkat unibertsitatean —harrigarria bada ere—, baina gutxi dira Borja López nire adiskidea bezalakoak. Lehenengo urteko lehenengo klasetik egon gara elkarrekin lan egiten, eta oraindik ez da nigaz gogaitu. Bera izan da, hain zuzen, erreportaje hau garatzen lagundu didan lankide adeitsua, klaseko lan bat izan baita blog mezu bat baino lehen. Eta, izan ere, hau da baita erreportajea hain berandu etortzearen arrazoia: irakasleak irakurri, zuzendu eta nota jarri behar zuen Interneten publikatu aurretik, "Internetetik kopiatu dugula" esateko arrazoirik ez izateko.

Erreportajearekin hasi baino lehen, ordea, bi ohartxo: lehenenik, erreportaje guztia, gehi irudi-galeria osoa eta egindako elkarrizketak, gure Wixean aurkitu ahal dituzuela, hauen guztien jatorrizko lekua baita. Bigarrenik, barkamena eskatu nahi diogu Raúl Fortes jaunari. Bere hitzaldia elkarrizketa bat egiteko geneukan ordu berean izan zen, eta ezin izan genuen entzun, ezta horri buruz idatzi ere. Ez ezazu pentsa kontu pertsonala denik, kar-kar. Gainera, Alicia Prieto eta Fernando "Cosmo" Garcíari gure eskerrak eman nahiko genizkieke gu Azokara gonbidatu izanagatik berriz ere. Eskerrik asko!

Tira, hori zen guztia, uste dut. On egin ezazue nire lehenengo mezua euskeraz!

2013/12/01

Salón del Manga de Getxo 2013

A todos nos llega alguna oportunidad de vez en cuando, por pequeña que sea. Es cierto que no se me han presentado demasiadas de momento, y la mayoría de ellas han acabado siendo decepcionantes, en el sentido más positivo de la palabra –si es que lo hubiera, vaya–. Sin embargo, resulta fascinante cómo algo pequeño y aparentemente inútil, o incluso algo que en un principio parecía poco más que un error, puede desembocar en una oportunidad enriquecedora y, cuanto menos, interesante.
Puede que algunos recordéis el artículo que escribí el año pasado acerca del Salón del Manga de Getxo y que publiqué en este mismo blog. Aunque no lo comenté directamente –si bien un ojo avizor podría haberlo intuido por las etiquetas de la entrada–, aquel reportaje estaba destinado a ser un artículo que se publicaría en Osu! Nippon, pero nunca llegó a ver la luz del día por aquellos lares. Pero ya había redactado el reportaje, así que decidí no desperdiciar mis esfuerzos y publicarlo por mi cuenta como otra entrada de blog cualquiera. Era simple cuestión de honor, en realidad. Honor y una fobia malsana a dejar un artículo sin publicar.
Curiosamente, no mucho después de colgar aquel proyecto de reportaje en el blog, recibí un e-mail de nada más y nada menos que Fernando García o “Cosmo”, quien resultó ser el mismísimo coordinador del Salón de Getxo del año pasado. Me figuro que debió buscar opiniones acerca del Salón en la red y se encontró con la mía por casualidad, porque el mío no es precisamente un blog conocido. Sea como fuere, intercambiamos varios mensajes después de eso y, tras pedírselo tan amablemente como me fue posible, se ofreció a conseguirme un pase de prensa para el próximo Salón. La verdad es que me sentí poderoso... pero acabé olvidándome del tema. Mi motivación no dura tanto.
Por suerte, el pasado 9 de noviembre, Cosmo me envió un nuevo mensaje. En él me contaba que, a diferencia del año pasado, él no se había encargado de la organización del evento en ningún sentido, pero que trataría de conseguirme el pase igualmente. La verdad es que no pensaba ir al Salón, pero la idea de acceder a un evento con acreditación personal por primera vez en mi vida fue una tentación difícil de rechazar. Y visto que mis profesores de la universidad apoyaban la idea fervientemente –de algo tiene que servir compartir asignaturas con la carrera de Periodismo, supongo–, decidí lanzarme a la aventura y tratar de hacer un trabajo digno de las credenciales que llevaría al cuello.
Por tanto, permitidme que me tome la libertad de ir un paso más allá. Me gustaría no sólo hacer una crítica personal del evento, sino, en cierta medida, contar también cómo fue mi primera experiencia como reportero no sólo dicharachero, sino también acreditado.
Vamos allá, pues.

2013/09/15

Colega

Puede que ésta no sea la mejor historia que se haya contado jamás. Puede que no sea emocionante, cautivadora ni profunda en ningún sentido. Puede que nunca enternezca un corazón, o que aquéllos que la escuchen no lleguen a comprender jamás todo lo que me gustaría expresar al contarla. Puede que no sea capaz de hacer llegar mis sentimientos, sean de la clase que sean, a aquéllos que me ofrezcan un hombro sobre el que llorar y desahogarme. Pero, ¿sabes qué? Todo eso da igual. Al diablo los demás; ninguno de ellos cuenta ahora. Los únicos que debemos ver la verdad oculta tras estas palabras somos nosotros, tú y yo, juntos como y para siempre. Y, para mí, no hay historia mejor. Ni más emocionante, ni más cautivadora, ni más profunda.
Porque, colega, ésta es la historia de un niño y su perro. Ésta es nuestra historia.

Se abre el telón. 28 de diciembre de 2008, madrugada de transición. Una valiente perra llamada Tani gastándonos una broma tardía. A su lado, congregada a su alrededor, tan valiente como ella, una familia observa el milagro y ayuda a que ocurra como humildemente puede. La broma no es tan divertida como se esperaba; uno de sus pequeños chistes, tras meses de gesta, no tuvo ni pizca de gracia cuando por fin hizo su aparición, pero, en términos generales, el espectáculo fue todo un éxito.

Así, un sano grupo de cachorrillos mestizos vio por fin la luz del día. Lo que al principio se consideró un accidente había acabado convirtiéndose en algo precioso que todos los presentes recordarían durante toda su vida con una sonrisa.

Los jovenzuelos crecían lozanos y sospechosamente inteligentes, y sorprendía lo diferentes que eran los unos de los otros. Una camada realmente variopinta en la que había hueco para toda clase de bolas de pelo, cada una con sus propias especialidades y modo de sobrevivir en aquella pequeña jungla de locos en la que no existían normas... ni sitios concretos en los que mear.

Orgullosa de su nueva condición de abuela, una mujer iba proclamando a los cuatro vientos la buena nueva allá a donde fuera, y sus retoños adoptados no podíamos quedarnos fuera de onda. Tan efusiva como siempre, mi profesora de Pintura desde sexto de primaria, Raquel Rochas, me sorprendió un día con la noticia de que su perra por fin había dado a luz.

Y, por una vez en mi vida, tuve una buena idea.

Llegó febrero. Los cachorros ya no lo eran tanto, aunque la locura continuaba en lo que a pises respecta. Y aquel viernes, aquel maravilloso viernes, te vi por primera vez. No eras más que una bola de pelo blanca y negra metida en un transportín que no parecía capaz ni de abrir los ojos. Cabías literalmente en la palma de mi mano. Tan pequeño y calentito que apenas podía creerme que no eras un muñeco de peluche. Quizás no fueses un peluche, pero eras mi muñeco de pruebas. Un adorable pequeñajo que iba a ayudarme a demostrar mi valía.
...O a intentarlo, al menos.

Sin que mis padres supiesen nada, Raquel te llevó a clase y, desde allí, pude llevarte a casa de extranjis, casi como si ese transportín fuese uno de esos maletines llenos de pasta que los mafiosos transportan de una manera tremendamente sospechosa. Allí, siguiendo las indicaciones de mi profesora –que para eso está, para indicar–, llené un pequeño bol con comida que me había dado ella misma y le puse un poco de agua. ...No se puede decir que te llamase mucho la atención. Añadí yogur, creo que hasta te puse leche aparte por si te interesaba, pero no probabas bocado. Ella me dijo que podría ser porque era un sitio nuevo para ti y aún desconfiabas, y no te lo reprocho: no soy alguien del que uno se pueda fiar demasiado, pero eso ya lo sabes.

Mis padres llegaron y te dejé en el suelo. Ya desde el primer día y sin conocerles siquiera, saliste a recibirles. Así me gusta, apuntando maneras. Os presenté con un cantarín “mirad lo que he traído” y mamá me echó una de esas miradas que, si no fuese porque te la lanza una madre, pensarías que quiere decir algo del estilo de “eres un pequeño hijo de perra –perdona la expresión– y te odio”. Mi padre debió hacer lo mismo, pero es que los perros le pueden. No recuerdo qué me dijo, pero fue mucho menos amenazador de lo que esperaba. Se ve que le caíste bien.

Como me estaban pidiendo explicaciones (¿¡es que no podían limitarse a aceptar la situación!?), tuve que contárselo todo. Mi plan inicial era cuidar de una de esas bola de pelo –provisionalmente llamada Potro– durante un fin de semana, para demostrarles a mis padres que sus temores eran infundados, y sus sospechas, ridículas. Restregarles por toda la jeta y sin vaselina que era capaz de hacerme cargo de un perro aunque viviésemos en un piso pequeño, vaya. Después, el pequeñajo podría volver a su casa y vivir su vida; al fin y al cabo, según creí entender antes de que me lo trajese, todos los cachorros estaban ya “reservados” y esperando a que sus nuevos dueños les recogiesen. No obstante, cuando me lo “prestó”, mi profesora me dijo que ése en concreto no tenía a nadie con quien irse. Pero, aun así, yo nunca tuve intención de quedármelo. Pensaba que, tras eso, podríamos adoptar algún otro en alguna perrera; hay demasiados animales sin hogar ahí fuera, y me hubiera gustado hacerme cargo de uno de ellos.

El fin de semana comenzó, y tú te meabas por todas partes, sin hacer ni caso al montón de periódicos impregnados en pis que te habíamos dejado en la cocina para que supieses dónde tenías que echar tus malvados fluidos. Pero al menos ya comías, y vaya si comías. Qué apetito, igualito que el dueño. Y eso que ni te movías, ...igualito que el dueño. Tratamos de sacarte un día a la calle, pero hacía tanto frío y estabas tan asustado que ni siquiera podías andar. Criaturita, qué pena me diste. A medio camino entre el portal y la parada de bus te paraste y dijiste que allí te plantabas, que ya no te movías más. Tuve que cogerte en brazos y llevarte a casa yo mismo. Nunca se me había hecho tan cuesta arriba eso de subir hasta mi quinto piso sin ascensor. Y, ay, qué noches nos dabas. Como un bebé que no quiere quedarse solo, llorabas y llorabas para que no te encerrásemos en la cocina por la noche, pero estábamos nosotros como para fiarnos de ti y de tu vejiga de gatillo fácil. Nos salía más rentable hacerte carantoñas hasta dejarte relajado y luego largarnos cuando ya no tuvieses ganas de dar la murga.

Pero, a pesar de todas las penurias que nos hiciste pasar, tú eras mi nuevo amigo. Un amigo que buscaba refugio entre mis piernas cruzadas y se dejaba acariciar hasta quedarse profundamente dormido. Y que Dios se apiadase de mí si se me ocurría dejar de acariciarte, porque vaya broncas me echabas, so vicioso. Igualito que el dueño.

El fin de semana pasó. Y, contra todo pronóstico, devolverte a tu legítima dueña me dolió muchísimo. Lloré, sí, lloré lo que no está escrito, y empecé en el momento exacto en el que perdí a Raquel de vista, ya en el portal. No me paré a pensarlo por aquel entonces, pero ahora me doy cuenta de que aquélla fue la primera vez que te perdí. Mis padres también estaban dolidos, y cuando les propuse adoptar un perro, ahora que había quedado demostrado que era posible tenerlo en casa, me dijeron que sólo había uno que ellos pudiesen aceptar en aquel momento.

Mientras tanto, tú estabas de nuevo con tu familia, correteando por la casa en la que te habías criado. Pero con una diferencia; una pequeña diferencia que, a Dios gracias, te acercaba a mí y le demostró a mi profesora que había hecho bien mi trabajo: a pesar de que podrías haberlo hecho en cualquier otro punto de la casa, desde que volviste, tú sólo dormías sobre mi ropa. La ropa que mi madre había dejado en el transportín en el que te había traído a casa, la cual todavía olía a nosotros, y espero que a mí.

Se puede decir que el amor era mutuo, supongo.

Raquel te trajo a casa del mismo modo que yo lo había hecho tan solo unos días atrás, y recuperarte curó al instante todas las heridas de mi corazón. El cuchillo estaba fuera, y tus lametones no tardaron en hacer cicatrizar el dolor que había sentido al perderte. Me sentía feliz como nunca. Puede que nunca llegases a saberlo, pero aquélla era la culminación del sueño de mi vida. Tú eras el sueño de mi vida. Mi sueño era tener un perro al que pudiese llamar mío, al que poder cuidar y querer. Ese día, el día en el que mi sueño se cumplió por fin, tú llegaste a tu auténtico hogar, pero no estoy hablando de nuestra casa. Cuando te vi allí de nuevo, con nosotros, y supe que nunca volverías a marcharte, llegaste a lo más profundo de mi ser. Y en ese momento supe que, por mucho tiempo que pasase, ese lugar siempre, siempre te pertenecería. Nadie más que tú podría llenarlo.

Y, a partir de ese punto, ¿qué podría decirte que no sepas ya? Tú lo viviste todo conmigo. Creciste a mi lado, y en la palma donde antes cabía tu cuerpo entero acabó por no entrar ni tu cabeza. Tú eras mi fuente de apoyo cuando me sentía mal; me dejabas abrazarte y me devolvías ese cariño a lametones. Nuestros largos paseos por Bilbao eran lo que me animaba y me ayudó a hacerle frente al estrés y a la falta de concentración durante periodos duros de mi vida. Tú me ayudaste a ser mejor persona, a relacionarme más abiertamente sin perder mi propia forma de ser, y gracias a ti aprendí que confiar en la gente no siempre acaba mal. A ti era a quien le contaba las lecciones cuando estudiaba, y tú te quedabas ahí quieto, mirándome fijamente, como si entendieses cada una de esas aburridas palabras a la perfección y estuvieses deseando escuchar más. Recuerdo con una sonrisa esos días en los que te llevaba al parque y, mientras tú jugabas y explorabas, yo podía recostarme sobre la hierba y leer manga tranquilamente, a sabiendas de que tú volverías cuando estuvieses cansado y me pedirías que te llevase ya a casa; aunque no faltaban los días en los que pasábamos de todos los demás y jugábamos nosotros solos. ...Y siento mucho que últimamente ya no jugásemos como solíamos hacerlo.

También recuerdo con cariño que te tumbabas a mi lado mientras dibujaba, e incluso me dabas tu opinión a veces, ladrando o apartando la cabeza para decirme lo que pensabas, y a menudo coincidíamos. Nunca olvidaré aquella vez en la que me oíste maldecir a un entrenador de Pokémon Battle Revolution y empezaste a ladrarle a la pantalla como si fuese tu propio enemigo. Mientras escribía, sabía que tú estabas detrás de mí, mirándome fijamente hasta que no podías aguantar más y te quedabas dormido. Sólo girarme y verte allí, tumbado en mi cama, ya me hacía sentir bien. Tu presencia era la única que me gustaba tener cerca a la hora de trabajar; relajada, a menudo callada, sin juzgar lo que hiciese ni por qué lo hiciese. Te limitabas a estar conmigo y a observarme. Y, cuando me veías poner caras raras por cualquier razón, te acercabas a mí para darme cariño y apoyo, lo necesitase o no. Un amor incondicional que, créeme, es fácil echar de menos.

Tú me viste hacer todo lo que vale la pena contar: empezar, aguantar y terminar; descubrirme a mí mismo al descubrir que todo lo anterior era una gran mentira; la tristeza y frustración de sentir que no valía para nada, y también la alegría de encontrar un lugar del que me sentía parte, en el que me sentía a gusto. La rabia más absoluta y la mayor de las satisfacciones. Encontrar a gente y perderla con el tiempo. Cambiar, cambiar, cambiar, y todo, en el fondo, gracias a ti. Tú lo viste todo, sí, y también lo provocaste. Incluso me viste hacerme pedazos, sufrir y recomponerme, aunque no pudieras estar a mi lado cuando más necesitaba ese apoyo. Esa última vez.

Papá y mamá llevaban desde el sábado en el pueblo y, por primera vez en nuestras vidas, nos habían dado un voto de confianza y nos habían dejado solos en casa para que nos cuidásemos por nuestra cuenta. Y lo llevábamos francamente bien, la verdad: como teníamos todo el día para nosotros, dábamos largos paseos, dormíamos hasta tarde, comíamos cuando y lo que nos daba la gana, y aún nos sobraba tiempo para jugar juntos o ir cada uno por nuestro lado y, mientras tú dormías, yo podía hacer lo que me apeteciese en cada momento. Pero, si hubiese sabido lo que te esperaba, créeme: no te hubiera dejado dormir ni un solo minuto.

El jueves empezó todo. Estaba acostumbrado y preparado para ayudarte a combatirlos, pero ese ataque epiléptico a las seis de la tarde y en medio del pasillo me sorprendió mucho. Siempre solían darte en la cocina, durante la cena, y aquella situación se salía mucho de lo común. Pero, como siempre, hice lo posible por ayudarte y saliste del apuro sin problemas. De hecho, saliste mucho mejor parado de lo normal: ni siquiera te hiciste pis encima, y eso era mucho decir en tu caso. Aún hoy, sigo pensando que lo hiciste por mí, por no hacerlo en la moqueta. Sabías que, al contrario que el suelo de la cocina o del baño, la moqueta no era el sitio para hacer pis, y quizás no siempre lo demostrases, pero en el fondo eras mucho más considerado de lo que pudiera parecer. Lo noté muchas veces.

Como cada noche, llamé a mis padres, y tuve que contarles lo sucedido. Mamá me dijo que tuviera cuidado, ya que, si ese ataque había sido “suave”, podría darte otro. Desde luego, el primero no había sido leve en absoluto; simplemente, te habías recuperado bien, y eso me alegraba. Pero, aun así, ella tenía razón. No recuerdo la hora exacta, pero, sobre las dos de la mañana, te dio el segundo del día. De nuevo, no te hiciste pis, y, de nuevo, te recuperaste con facilidad. Durante un momento, pensé que, quizás, la nueva medicación que te estábamos dando fuera la causante de esas reacciones tan, digamos, “positivas”, pero, en el fondo, no podía evitar preocuparme. Seguía siendo muy raro.

Desde luego, algo no marchaba bien.

Al día siguiente, casi se me había olvidado todo ese tema. Salimos a la calle y, si no recuerdo mal, dimos un largo paseo desde nuestro barrio hasta Deusto, donde yo estuve estudiando durante el curso, y volvimos a casa. Tengo ese día bastante borroso; lo siento si me equivoco. Creo que fue entonces cuando conocimos a aquel hombre tan simpático que también iba con un perrillo blanco (o una perrilla, no lo sé) por la cuesta que sube desde el Guggenheim hasta Artxanda. Tú, como siempre, saludaste a aquel pequeñajo, pasaste de él a los treinta segundos y esperaste pacientemente a que yo terminase de hablar con aquel señor. Qué bien te lo tomabas; siempre me hizo gracia. Con el tiempo te habías vuelto muy bueno y comprensivo. Y pensar que eras un torbellino de pequeño... Ay, nunca debimos castrarte; engordar te volvió mucho más sumiso. Y, a pesar de todo, durante aquella semana perdiste casi dos quilos. Sé que es tarde, pero... enhorabuena, pequeño. Sabías seguirme el ritmo.

Llegó la noche. Llamé a mamá y le dije que el día había transcurrido muy bien a pesar del segundo incidente de la noche anterior. Tú estabas feliz, y yo también. Absolutamente nada en ti indicaba que tuvieses eso dentro. Estabas rechoncho, sí, pero sano como una manzana. No es que Íñigo y Eva te lo dijesen por cumplir contigo; cualquier otro veterinario te hubiese dado el mismo diagnóstico. Salvo ese pequeño estigma invisible, eras un perro en la flor de la vida y lleno de ella. No te merecías lo que estabas a punto de sufrir.

Estaba en la sala cuando todo empezó. A la una y cuarto de la madrugada, oí el inconfundible sonido de tu cuerpo golpeando el suelo por culpa de los espasmos en la otra punta de la casa, enfrente de la puerta del dormitorio de papá y mamá, donde solías recostarte. Me levanté de un salto y fue a socorrerte lo más rápido que pude, y, por suerte, pude llegar antes de que te pasase nada. Pero no tenía a mano nada que pudiese usar para ayudarte. El palo que solíamos usar para que no te mordieses ni te tragases la lengua estaba en la cocina, y no podía volver a por él. Tampoco había nada a mi alrededor que pudiese usar, así que, como tantas otras veces, opté por lo más sencillo y te metí la mano en la boca. Pero, aquella vez, hiciste lo que nunca antes y, en vez de dejar que la boca te vibrase como siempre, simplemente, mordiste. Tus colmillos se clavaron en mi piel como navajas y la atravesaron a medida que tu boca se iba cerrando más y más, hundiéndose poco a poco en mi carne. Oí mis huesos crujir dentro de tu boca y se me aceleró el aliento. El dolor era terrible, y llegué a pensar que me habías roto la mano. Y, por mucho que lo intentaba, no conseguía que me soltases. Ahora, cuando lo pienso, siento que tratabas de aferrarte a mí con todas tus fuerzas y no dejarme ir jamás. Puede que tú lo supieras todo ya desde aquel momento y que, simplemente, yo no supiese entender tus señales. De haberlo sabido, te hubiera dejado morder a placer. Al fin y al cabo, siempre fue nuestra manera de saludarnos.
Y quizás, ésa fue tu forma de despedirte de mí.

Volviste a recuperarte rápido, y de nuevo no te pasó nada más. Nada de pis, y creo que nada de caca. Pero la cantidad de ataques ya era desquiciante. Tres en dos días no era nada normal, y menos a esas horas. Pero lo dejé estar. Lo dejé estar sin pensar en ello. Jamás se me pasó por la cabeza que algo como lo que estaba a punto de sucederte pudiese llegar a pasar jamás. Confiaba en que estaríamos juntos hasta tu fin natural, tras una vida larga y plena a mi lado, a nuestro lado. Quería seguir creciendo a tu lado, seguir compartiendo cosas contigo, y que tus ojos me viesen llegar a donde quiera que el destino me llevase. Y que vinieses conmigo en cuerpo y mente. Juntos como un equipo, como un tándem, siempre de la mano, inseparables como un pack de yogures (si me permites el pequeño chiste en un momento tan delicado como éste). Como siempre nos habían visto y como quería que siguieran viéndonos. Como todos los demás nos recordarán y como estábamos destinados a seguir pasando los días. Pero la vida es cruel, siempre lo hemos sabido. No te merecías lo que te pasó, y... yo tampoco.

Nadie, absolutamente nadie lo sentirá nunca jamás como yo lo sentí y lo sentiré siempre. Porque, bolita, nadie nunca te quiso como te quise yo. Una vez oí que no existe relación más fuerte que la que hay entre un niño y su perro, y ahora sé que es verdad. Lo supe desde el mismo día en el que te puse el nombre. ¿Te dije alguna vez que viene de un Pokémon? A muchos les hacía gracia, pero significaba mucho más de lo que ellos piensan. Porque ya te perdí una vez, y tuve la suerte de recuperarte. Te tuve otra vez, y volví a sentir lo mismo que sentí la primera vez que te tuve en casa. Lo mismo, exactamente. Ídem. “Ditto”. Jamás le conté a nadie ese significado; me lo guardaba para mí. Era nuestro... pequeño secreto. Algo que los demás no podrían entender ni aunque se lo explicase. Y esa sensación se repite ahora.

Estoy tratando de ser fuerte, por todos, pero me estoy quedando sin fuerzas y no sé cuánto más podré aguantar. Mamá y papá no pueden verme llorar o se les partirá el corazón. Lo mismo pasa con Raquel y con todos los que te quisieron. Tengo que ser fuerte por ellos, para que no sufran, y si no puedo serlo, al menos, debo aparentarlo. Por eso lloro por la noche, cuando ya nadie puede verme. Lo siento. Sé que no debería empañar tu recuerdo con lágrimas, pero no puedo evitarlo. Todo esto es demasiado para mí. Llevo ya mucho tiempo fingiendo esta sonrisa y haciendo creer a la gente que estoy bien, pero no es así. Aún te necesitaba, y siento que el peso sobre mis hombros ahora mismo es algo que no puedo llevar yo solo. Tú siempre me apoyaste, e, iluso de mí, pensé que siempre sería así. Que estarías ahí para verme entrar en la universidad, graduarme, encontrar mi primer trabajo como doblador y salir al mundo, y podrías compartir conmigo todos esos momentos. Pero ya no estás. Y, ahora, sólo puedo rezar para que me des fuerzas para seguir adelante. Sé que siempre te estoy pidiendo que cuides de los demás porque yo no lo necesito, pero ambos sabemos que es mentira. Sé que puedo aguantar, pero no sé cuánto. Llegará un momento en el que no podré más, y sé que, si no me ayudas, me romperé. Ahora, en el final, es cuando necesito sentirte a mi lado más que nunca, a pesar de que no estés.

Las tres y cuarto de la mañana, y tres nombres. Tres nombres fueron lo único que logré escribir ese día antes de que todo empezase, antes del principio del final. Oí un ruido fortísimo a mi espalda y me giré. Allí estaba el cuarto. El cuarto ataque en dos días. Me tomé un segundo para no pensar en que estaba siendo demasiado y en que ya me lo temía, y fui a socorrerte. La primera sacudida había sido tan fuerte que había movido la cama y había creado un hueco lo suficientemente grande entre el somier y la pared como para que te cayeses en él de lleno y te quedases atrapado mientras los espasmos continuaban. Por suerte, pude sujetarte la cabeza con la mano vendada para evitar que te golpeases contra la pared. En aquella situación, no podía sacarte de allí, pero al menos estarías quieto hasta que los espasmos cesasen, y por suerte lo hicieron rápido. Te saqué de allí en cuanto dejaste de temblar y te tumbé en la cama, pero estabas demasiado ido como para escucharme cuando te decía que te quedases allí para recuperarte. Tú sólo querías bajar, así que te dejé vía libre y te puse en el suelo, porque sabía que te darías un golpe si tratabas de bajar solo. Y, entonces, empezaron las que fueron probablemente las horas más horribles y desquiciantes de mi vida.

Sabía que algo no marchaba bien, pero nunca imaginé que pudiese llegar a esos extremos. Lo de aquel día era, simplemente, superior a cualquier otra cosa que te hubiese visto hacer hasta entonces. No eras tú, incluso dentro del hecho de que nunca lo eras justo después de que esa maldita enfermedad hiciese mella en ti. Aún hoy, pensado en frío, soy incapaz de describirlo de una manera lo suficientemente fehaciente como para conseguir que tú mismo puedas entenderlo, porque creo sinceramente que no eras consciente en absoluto de lo que hacías. No caminabas, dabas tumbos. Andabas sin rumbo hasta que, literalmente, no podías seguir avanzando. Te trababas en las paredes y acababas con la cabeza contra las esquinas de la casa, apoyando la barbilla en ellas como si quisieses seguir hacia delante a toda cosa, aunque tuvieses que trepar por el muro. Y, tras llegar a esa posición, no movías un músculo ni hacías ninguna clase de ademán de querer salir de allí, casi esperando a que la pared desapareciese de tu camino para poder seguir avanzando. Te sacaba de allí, vagabundeabas por la casa y seguías haciendo lo mismo en cualquier esquina, en cualquier habitación. Era realmente desesperante verte hacer eso, y el pecho vuelve a oprimírseme cada vez que lo recuerdo. Por simple que parezca, fue una visión abominable. Verte en un estado tan sumamente desvalido e inhumano, deambulando sin rumbo como un alma perdida en un cuerpo que ya no podía retenerla. Creo que fue entonces cuando perdí casi todas mis esperanzas y comencé a entender lo que estaba a punto de suceder, pero, por favor... compréndeme si no quise aceptarlo.

Conseguí sacarte de mi cuarto y del pasillo, y te llevé a la cocina para tenerte más controlado, pero seguías haciendo exactamente lo mismo. Tu único afán era buscar un punto muerto, fuese en una esquina entre dos paredes, entre las patas de un montón de sillas o contra la puerta de debajo del fregadero. Trataba de retenerte, pero mi cuerpo era el único punto muerto que no parecía satisfacerte. La desesperación me cegó, y te grité que parases; espero que puedas perdonarme por ello. Cuando lo pienso, la primera vez que te vi sufrir un ataque, también te grité aunque sabía que no obtendría una respuesta por alto que hablase, pero es fruto de la impotencia. Supongo que todo debe acabar del mismo modo en el que empezó.

Harto de verte vagar, te sujeté por la fuerza. Necesitaba que te calmases, y calmarme yo mismo para poder volver a pensar como una persona racional. Pero aquel momento nunca llegó. Porque, en el mismo momento en el que pareció que te calmabas y te miré, vi que si habías dejado de moverte era porque te estaba dando otro ataque epiléptico más. Allí, justo entre mis brazos. Esa vez pude meterte el muñeco en la boca para que no te mordieses ni te tragases la lengua... o algo peor, yo qué sé. Nunca había sentido aquello tan de cerca. Al estar tú en alto, pude notar por primera vez cómo tu cuerpo entero temblaba con cada sacudida, pero no podía detectar de dónde provenían. Era como si las convulsiones comenzasen y terminasen en todos los puntos de tu cuerpo al mismo tiempo. Y allí estuve, sujetándote con cuidado a lo largo de aquel terrible ataque.

Y, sinceramente, no puedo recordar mucho más.

Sé que te estuve sujetando todo el tiempo. Sé que sufrías un ataque tras otro, y que llegaron fácilmente a los cuatro o cinco seguidos. Sé que buscaba cualquier cosa a mi alrededor para que no te mordieses. Pero no soy capaz de concretar nada. Lo único que recuerdo es esa angustia que me corroía, la impotencia y el dolor que ya empezaba a clavarse en mí. Te escapabas de mis manos antes mis narices, y yo no era capaz de retenerte. No era capaz de hacer nada. No hay dolor mayor que sentir morir a alguien entre tus propios brazos mientras te debates entre qué es lo que puedes hacer por ayudar, aunque sea en lo más mínimo.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que se me ocurrió qué hacer. No sé si el haber reaccionado más rápido hubiese cambiado algo o no, pero prefiero no pensar en ello. Prefiero ceñirme al sentimiento que me ayudó y me ha seguido ayudando a sobrellevar toda esta locura: el sentimiento de saber que hice lo que pude, que no tengo nada de lo que arrepentirme. Lo siento si me repito, mi chico, pero es algo que he de grabarme a fuego en el corazón o jamás superaré este golpe. Si no me autoconvenzo de que no tengo culpa, de que traté de salvarte como mejor pude hacerlo, y de que estarías orgulloso de mí si hubieras estado consciente en aquel momento, no podré seguir viviendo tranquilo. Necesito saber que, si ahora no estás aquí, no es por mi culpa. Y si tengo que mirar a las cicatrices de mi mano para recordarlo, lo haré. Por eso espero que no desaparezcan nunca. Además de tu recuerdo, es lo único que me queda de ti.

Recuperé la noción del tiempo y del espacio de golpe; sigo sin saber por qué. Busqué aquellas cápsulas que nos recetó el veterinario y que, según él, valían para calmarte durante los ataques, pero no las encontré. Por eso, y arrepintiéndome en el alma, llamé al pueblo y mamá me cogió el teléfono. No pude explicarle bien lo que pasó porque no tenía tiempo ni ganas, pero me dijo dónde estaba lo que buscaba y te metí un par de esas cápsulas. Salían vacías de líquido pero llenas de... ya sabes qué, ja, ja. Muy bonito, pensar en esas cosas mientras lo estabas pasando tan mal. Pero trataba de buscar un mínimo de relax en aquella situación, supongo, y mi cuerpo reaccionó. Aunque no pude reírme.

Las horas siguientes fueron... dolorosas. Una vez te calmaste mínimamente, empecé a hacer llamadas. Emergencias, veterinarios de toda la zona, y una chica muy amable que estuvo pendiente de mí durante toda la noche, dándome apoyo y tranquilizándome, y trató de ayudarme a encontrar a algún veterinario que viniese a hacerse cargo de ti para tratar de salvarte, pero no tuvo suerte. Entre otros números, me dio el de un veterinario estúpido hasta la médula que no paraba de darme explicaciones ridículamente largas y tópicas acerca de tu enfermedad que yo ya había escuchado mil veces y que se negó a venir a ayudarte porque “quedaba lejos”. ...Menudo hijo de puta; disculpa la expresión. No me gustaría ahondar demasiado en esto, la verdad. Fue todo muy desesperante, y lo sigue siendo. Nada salía como tenía que salir, nadie estaba donde tenía que estar, y ninguno de mis esfuerzos sirvió para nada. O quizás sí, no lo sé. Puede que, sin mi ayuda, no hubieses aguantado tanto. Puede que no hubieses visto un nuevo amanecer y hubieses muerto en mitad de la madrugada. Pero no hay manera de saber eso. Yo... hice lo que estuvo en mi mano. Sólo siento que no fuese suficiente.

Dieron las seis de la mañana. Tus espasmos habían cesado y había conseguido colocarte en tu capazo, que me perteneció a mí cuando era pequeño. Tenías la cabeza sobre el duro borde, pero te la había acolchado con la alfombra que usaba mamá para cocinar y con uno de los cojines de las sillas. Sólo parecías muy, muy cansado. Resoplabas con fuerza, tratando de recuperarte, pero seguías perdido. No reaccionabas a nada. Ni movimiento, ni ruido. Luchabas por sobrevivir, y eso te mantenía más que ocupado. Y yo seguía a tu lado, como lo había estado durante las últimas tres horas. Tres de la horas más largas y dolorosas, y al mismo tiempo más etéreas y frágiles de mi vida. Fue... una sensación realmente extraña. El tiempo tiende a pasar despacio cuando no tienes nada que hacer, pero, aquella noche en la que no paré de trabajar para tratar de salvarte, el tiempo pasaba despacio. Las horas suelen volar cuando trabajo por la noche, pero no aquel día. Supongo que no hay sensación capaz de equipararse a ésa, y quien no lo haya vivido no puede comprenderlo. Me pregunto si tú puedes. Me pregunto si en aquel momento seguías realmente vivo.

Aquella chica tan amable me dijo que, si estabas estable, te pusiese otra de esas cápsulas y me fuese a dormir. Lo necesitaba, y ella lo sabía; al fin y al cabo, aquella noche no había dormido nada. Me aseguró que la cápsula por dosis anal no te haría ningún mal, y le hice caso. También me recomendó que te pusiese otra cuando me despertase, si aún no te habías recuperado del todo. Así que, por si recaías, me fui a dormir al sofá, que quedaba mucho más cerca de la cocina que mi cuarto, y dormí allí.

Me desperté a las dos horas, incapaz de dormir más, y fui a verte. Seguías exactamente igual. Jadeabas con fuerza, con la lengua fuera, como siempre. Te acaricié, te besé, te saludé y te puse comida, por si acaso te despertabas con hambre. Al fin y al cabo, los ataques solían dejarte con un ansia de comer aparentemente insaciable, y no quería que lo pasases aún peor. Te fui a meter otra cápsula y vi que habías llenado el capazo de una espesa caca líquida, pero me dio igual, sinceramente. Comprobé que tenías agua en el baño por si querías beber, ya que debías estar sediento después de semejante experiencia. Sorprendentemente, tardé hasta media hora en hacer todo eso. Supongo que me quedé mirando al escenario en algún momento, de manera inconsciente. Tú, en medio de la cocina, metido en el capazo, luchando por sobrevivir en un entorno lleno de agua, pis y pelo. Fregué un poco antes de marcharme; no quería que, en caso de que te levantases, te estuvieses resbalando en tu propio pis.

Volví al sofá a las ocho y media, entonces, y dormí otras dos horas exactas. Pero lo que vi cuando me desperté... en fin. Nadie mejor que tú lo sabe. O quizás tú seas quien menos constancia tiene de ello, no lo sé. Lo único de lo que estoy seguro es de que ya no estabas.

Bueno... no. No lo estaba. Algo en mi interior quería creer que aún podrías salvarte, que no era del todo tarde, y que en algún momento podrías llegar a... revivir, de algún modo. Pero no me dejé autoconvencer de eso. Si hubiese llegado a crearme esperanzas cuando sabía que no las había, el golpe hubiese sido mucho más duro de sobrellevar. Era mejor aceptar las cosas como eran. Tú ya no estabas.

Y sólo entonces pude empezar a llorar.

Y, el resto... es historia. Nadie estaba. Nadie. Ni mi familia, ni mis amigos. Maldito agosto de los cojones. El único apoyo que recibí fue el del chico que vino a recogerte para llevarte a la incineradora, y eso que ni siquiera le conocía. Me dijo que su gato había muerto pocas semanas antes y sabía por lo que estaba pasando, así que me ofreció un abrazo cuando le dije que estaba solo. Y se lo agradecí muchísimo.

No quisiera tener que contarte más. Sé que has visto el resto desde allá donde estés. Me has visto sufrir, echarte de menos y llorarte como lo estoy haciendo ahora. Pero hay algo que me gustaría decirte antes de que te vayas.

Gracias.

Gracias por todo. Gracias por enseñarme, por aguantarme y, sobre todo, por quererme. Gracias por aceptarme como soy y por saber perdonarme todas aquellas veces que no fui un buen dueño. Gracias por el apoyo, la ayuda y la compañía. Gracias por dejarme ver que no se debe ser especial para ser amado incondicionalmente. Gracias por darme tanto y pedir tan poco a cambio. Gracias por ser lo mejor que me ha pasado nunca y por cambiarme a mejor.

Me has hecho conocer gente. Me has hecho más fuerte y valiente. Contigo, he sentido menos miedo y he sido capaz de afrontar temores. Sólo Dios sabe qué sería de mí ahora si no te hubiese conocido nunca, pero es algo que no quiero imaginar. Y, ahora, impotente, sólo puedo decirte una última cosa.

Adiós, mi mejor amigo. Adiós, compañero de penas. Adiós, mi apoyo en los momentos duros. Adiós, mi bola de pelo caliente que me acompañaba al dormir y se enfadaba conmigo por no dejarle acaparar la cama. Adiós, causante de que ahora me sienta más a gusto conmigo mismo en más de un sentido. Adiós, perro de mil y un nombres que todos los reconocía. Adiós, pinreles olorosos, barriga rechoncha y dientes como agujas. Adiós, hermano de otra raza, alma gemela, media naranja, parte de mí, de mi espíritu y de mi propio cuerpo. Adiós, y hasta siempre. Nos volveremos a encontrar muy pronto, si es que alguna vez hemos dejado de estar juntos. Sé que sigues a mi lado aunque no te vea, pues te llevo siempre conmigo, en cuerpo, gracias a tu collar, y en alma, gracias a los recuerdos que compartimos. Te agradezco todo lo que sigues haciendo por mí en las sombras, pero espero poder volver a verte algún día. Pero, hasta que ese día llegue, hasta que podamos volver a estar juntos... cuida bien de todos, mantenles seguros. No dejes que Fígaro te mangonee sólo por ser el primero. Llévate bien con el abuelo; estoy seguro de que le encantaban los perros tanto como a la abuela, aunque ella no siempre lo mostrase abiertamente. Y, si les ves, no te lleves mal con Bost ni con Cora, ni con Charlie tampoco, anda. La persona que le quiso a él tanto como yo te quise a ti ha hecho mucho por mí, por ambos, y debéis llevaros bien por nosotros.

Adiós, colega. Descansa en paz por fin; te lo mereces.

28-diciembre-2008 – 10-agosto-2013

A Ditto: un potro salvaje e incontrolable que siempre cabalgó con fuerza y sin miedo a través de los infinitos prados de dolor y sufrimiento que nunca mereció tener que recorrer.

“Si es que sólo le falta hablar.”


2013/03/16

Rodeado de catalanes (2ª parte)


Me desperté un tanto desconcertado, pero tardé apenas unos segundos en darme cuenta de dónde estaba y qué demonios estaba haciendo allí. Barcelona, la mundialmente famosa ciudad condal llena de chicas muy monas que no te quieren y que, en su lugar, se ligan a rastafaris calenturientos. Salón del Manga, excusa barata para ver en persona de una maldita vez a algunos de mis mejores amigos —aunque, por supuesto, eso de “barato” es un decir—. Tantos años luchando por ello y, por fin, lo había conseguido. Casi 24 horas después aún me costaba creerlo, pero las pruebas eran evidentes. Una casa desconocida, un silencio sepulcral sólo roto por la alarma de mi móvil y, sobre todo, la notoria ausencia de un perro soplagaitas que venga a darte los buenos días a base de ladridos chirriantes y lametones en los ojos. El despertador del teléfono sonaba con fuerza en el cajón en el que lo había metido. Tanteé los alrededores de la cama a ciegas y por fin agarré el dichoso aparatito. Despegué los párpados mínimamente y, en cuanto la luz del móvil me taladró las pupilas, los ojos empezaron a escocerme como nunca; prueba inequívoca de que el cuerpo me pedía más horas de sueño después del ajetreado primer día que había pasado en aquella ciudad. Por otro lado, la cabeza me obligaba a aprovechar aquellos días al máximo desde el mismo comienzo, así que le eché valor vasco, apagué con rencor la alarmita de las narices y me incorporé. Bostecé, me froté los ojos y, como todos los días de mi vida, me puse a buscar los calcetines que se habían perdido entre las sábanas de la cama durante la noche. Una práctica un tanto frustrante, sí, pero ideal para terminar de despertarse porque la mala leche que se te va acumulando por no encontrar los malditos galtzerdis te pone más alerta que un chute de cafeína en vena.

2012/12/09

Salón del Manga de Getxo 2012

Ser bilbaíno es muy duro, os lo digo yo. Sí, eres un superhombre —o supermujer, no discriminemos a nadie— con una fuerza, resistencia, atractivo físico e intelecto muy superior al de tus congéneres; tienes dotes y capacidades que superan la imaginación de un simple mortal —aunque no siempre lo mostremos al público— y, por si fuera poco, eres capaz de chocar los cinco con un swag que ralla —por no decir que supera— la perfección, pero todo tiene su lado negativo. Los bilbaínos, aunque tremendamente poderosos, somos pocos y, aunque no os lo creáis,  muy modestos. Tan modestos somos que la gente de fuera pocas veces se para a visitarnos si no es para fisgar en el Guggenheim o para sacarse fotos con Puppy, la encantadora mascota de dicho museo, pensando que eso es todo lo que Bilbao puede ofrecerles. Esta idea errónea deriva en que todo lo que hacemos u organizamos dentro de nuestras fronteras acaba relegado a un segundo plano a nivel nacional y a un quinto o sexto como mínimo en el ámbito internacional. Por eso, el anuncio de una nueva convención de cómic y manga, humilde como lo es la nuestra, no suele ser algo que trascienda al exterior de la misma manera que lo hacen el Expomanga de Madrid o el Salón del Manga de Barcelona. Pero existe, está ahí, y nuestro deber como bilbaínos, o incluso como vascos en general, es apoyarlo y disfrutar de lo que se nos ofrece. Porque nosotros también tenemos derecho a disfrutar de nuestros hobbies otakus y, qué demonios, darnos un arrebato consumista de vez en cuando.

Lo que este humilde servidor os trae hoy es una crónica, un análisis, una guía lo más completa posible —sin llegar a destripar nada— que os acerque al único evento otaku del País Vasco: el Salón del Manga de Getxo. Cabe destacar que soy nuevo en esto de hacer de reportero, así que si no me ha salido bien, achaquémoslo a que “era mi primer día”, que es una excusa que nunca pasa de moda. ¡Empecemos!

2012/11/20

¿Y qué coño es eso del HABE? :V (4ª parte)

¡Qué feliz es la vida del ni-ni! O eso es lo que la gente debe pensar al verme, al menos. Es cierto que tengo bastante tiempo libre dado que sólo doy 8 horas de clase a la semana este año (si no han querido cogerme en la universidad, ellos se lo pierden), pero mis proyectos personales hacen que el tiempo que gano por no pasarme 6 horas diarias metido en un aula se vaya por otras vías. No hablo solamente de escribir en el blog, redactar noticias para Osu! Nippon, continuar mis historias o dibujar; por supuesto, como todo hijo de vecino, también tengo que estudiar por mi cuenta para salir adelante y no desaprovechar este año. El doblaje me exige una práctica ajena a las clases, el chino debe estudiarse más de dos horas a la semana para ser dominado y, obviamente, tengo que tratar de mantener o incluso mejorar mi nivel de euskera en la medida de lo posible. Y, de hecho, como habréis podido adivinar por el título de la entrada, ése es precisamente el tema que hoy nos atañe. Así, pongamos punto y final a esta entradilla y pasemos a lo que realmente nos importa: mis peripecias en el oscuro y tenebroso mundo del HABE.

2012/11/14

Rodeado de catalanes (1ª parte)


¡Qué bien sienta viajar, señores! Gente fantástica, nuevos ambientes, diferentes modos de vida y experiencias inesperadas te asaltan a cada paso, a cada esquina, casi a cada segundo. Mentiría si dijese que todas las experiencias son buenas, pero toda aventura tiene sus altos y sus bajos, y los malos momentos no son más que un aliño que eleva los buenos ratos a la categoría de inolvidables. Cuando estás lejos de tu hogar, todo adquiere un tinte mágico y las cosas más cotidianas se vuelven emocionantes, sobre todo cuando viajas solo (independientemente de que vayas a reunirte con alguien en tu lugar de destino o no). Hasta hace una semana, más o menos, yo siempre había viajado con mis padres o con la escuela y, por lo tanto, debía ceñirme a sus gustos y exigencias: mi madre, por ejemplo, sólo quiere ir a la playa de vacaciones, y eso siempre limita bastante mis posibilidades. Pero, una vez cumplida la mayoría de edad y siendo libre como un pajarillo o como un cliente de Amena, cogí mis ahorros, me busqué una buena excusa y fecha para poder volar del nido y me embarqué en mi primera aventura en solitario, como si de un spin-off de mi propia vida se tratase. Así, tras dos o tres años de asedio continuo por parte de mi querida Moni, mi hermanita Mery, y demás gente que se fue sumando a la causa con el tiempo, decidí darles a todos mis fans amigos un gustazo y, por fin, emprendí el viaje hacia la ciudad condal de la que tantas veces había oído hablar, esperando no encontrarme con ninguna chica mona que me dejase por un rastafari incapaz siquiera de cantar un blues. …Eta Siniestro Total entzuteari utzi beharko nioke idazten nabilen bitartean.

Lo que os voy a relatar es una historia de aventuras, alegrías y frustraciones, encuentros esperados e inesperados, un pésimo transporte público, una preocupante falta de croquetas y, qué demonios, romance, que tuve mucho amor bilbaíno que repartir entre tanto catalán. Como siempre, no sé cuánto ocupará todo lo que tengo que contar, así que será mejor darse prisa y empezar lo antes posible. ¡Bienvenidos a #MigaEnBCN!

2012/09/04

Dinastía rota - Gekijouban Naruto: Dai Koufun! Mikazuki-jima no Animal Panic Dattebayo!

Sí, sé lo que estáis pensando. «Este gilipichis se ha visto las películas 2 y 3 de Naruto y la 1 aún no». Y tenéis razón toda la razón del mundo. Sí, sé perfectamente en qué orden van, pero es que los subtítulos están mal coordinados en la primera y no confío demasiado en mi inglés oído. Pero me da igual, porque la ropa de Naruto en esta peli se merece un hashtag de #mecunde de ésos que tanto les gustan a Batto y a Alegna. Un hashtag y una entrada en mi blog, obviamente. Para que luego me digáis que no escribo.

Permitidme aprovechar la ocasión y ponerme nostálgico. Ya os hablé de mis comienzos en el mundillo del animanga en una de las primeras entradas de este blog, así que puede que ya sepáis que Naruto fue una de las series que me llevó a ser lo que soy ahora mismo. Remontémonos en la historia a hace unos seis años, cuando tanto yo como mis amigos éramos aún poco más que una pandilla de frikis que disfrutaban haciendo lo que fuera que les hiciese felices sin reparar demasiado en ese infame cortarollos que es el “qué dirán”. Dos de mis mejores amigos, los cuales tenían el privilegio de poseer televisión por cable o satélite en sus casas, solían hablarme de las nuevas series que se iban estrenando por aquel entonces en ese canal tan maravilloso que solía ser Jetix. Así fue como conocí, entre otros animes, Megaman NT Warriors, Zatch Bell o One Piece, y todas las idas y venidas que en ellos se sucedían; lo que hoy día conocemos con la bellísima palabra “spoiler”, vaya (por no mencionar que uno de mis amigos era un fan acérrimo de los Power Rangers y se empeñaba en contarme cada capítulo de cada nueva serie que estos intrépidos guerreros en mallas de nylon protagonizaban).

2012/07/27

La famiglia


Lo único que viene a mi cabeza cada vez que leo el título que le he puesto a esta entrada es el característico “Ciaossu!” de Reborn, el maestro mafioso de Tsuna en el popular manga Katekyou Hitman REBORN!. Pero no es para menos. Al más puro estilo de la serie, de un día para otro —obviando las esperas— y sin concebir en absoluto que pudiera suceder, me he visto envuelto en esta interesante famiglia conocida como “Osu! Nippon”.


Es curioso cómo suceden ciertas cosas, cómo unos hechos desembocan en otros y acabas dentro de algo que supera todas tus expectativas iniciales. Supongo que todo comenzó aquí, en Soul Swallow, aquel 12 de enero en el que decidí abrir un blog y comenzar a escribir periódicamente en él. No porque esperase muchas visitas, ni porque quisiera ser un escritor reconocido; de hecho, no esperaba absolutamente nada de todo esto. Lo único que buscaba era mejorar como escritor, aprender a redactar a mi ritmo, ser algo más crítico y encontrar mi propia manera de explicarme y expresarme. Creo que, poco a poco, voy cumpliendo mis objetivos, aunque, claro, yo soy el menos indicado para juzgar mi propia mejora. De aquí, y ayudado por mi fiel amigo Enrique (@Ricc_Chan), pasé a los fanfics, con los que buscaba trabajar la narración y potenciar un poco mi oxidada imaginación. A día de hoy, sigo sin ser un blogstar o como sea que se le llame, ni soy un escritor de fics mundialmente reconocido, ni medianamente bueno siquiera en esto de redactar, pero he encontrado gente que aprecia mi estilo y, según parece, disfruta leyéndome. Y les agradezco enormemente su apoyo.

Uno de esos locos que se atreven a leer esto a lo que yo llamo blog es la genial Alegría (@Kisacullen). No es sólo una gran y respetada escritora con blog propio; es, además, una de las fundadoras de un pequeño pero ambicioso proyecto llamado “Last Impacto”, que, a medida que fue creciendo y evolucionando se acabó convirtiendo en “Osu! Nippon”. Osu! es un blog dedicado a Japón y a todo lo que le hace referencia: no sólo se tratan los ya tan manidos temas de los animes, mangas y videojuegos, sino que se publican noticias, reportajes sobre los diferentes festivales y eventos con relación a Jaoón o a su cultura, rankings y muchas más cosas que, de mencionarlas todas, constituirían una entrada de blog por ellas mismas. En muy poco tiempo, Osu! se ha vuelto muy popular y ha obtenido muchísimos seguidores. ¿El secreto? La increíble dedicación de sus integrantes, que trabajan duramente para traer las noticias lo más rápido posible y, en muchos casos, dar exclusivas. Los miembros de Osu! no cobran por su trabajo: informan por simple amor a Japón, sin pedir nada a cambio. Son como una piña, una máquina bien engrasada que trabaja utilizando “el deseo de animar su hobby” como único combustible. El problema es que el éxito, en muchas ocasiones, desborda, y, como humanos que son, llega un momento en el que, por unas razones u otras, ellos no pueden con todo. Y es ahí donde entra un servidor.