Me desperté un tanto desconcertado, pero tardé apenas
unos segundos en darme cuenta de dónde estaba y qué demonios estaba haciendo
allí. Barcelona, la mundialmente famosa ciudad condal llena de chicas muy monas que no te
quieren y que, en su lugar, se ligan a rastafaris calenturientos. Salón del Manga, excusa barata para ver en persona de
una maldita vez a algunos de mis mejores amigos —aunque, por supuesto, eso de
“barato” es un decir—. Tantos años luchando por ello y, por fin, lo había
conseguido. Casi 24 horas después aún me costaba creerlo, pero las pruebas eran
evidentes. Una casa desconocida, un silencio sepulcral sólo roto por la alarma
de mi móvil y, sobre todo, la notoria ausencia de un perro soplagaitas que
venga a darte los buenos días a base de ladridos chirriantes y lametones en los
ojos. El despertador del teléfono sonaba con fuerza en el cajón en el que lo
había metido. Tanteé los alrededores de la cama a ciegas y por fin agarré el
dichoso aparatito. Despegué los párpados mínimamente y, en cuanto la luz del
móvil me taladró las pupilas, los ojos empezaron a escocerme como nunca; prueba
inequívoca de que el cuerpo me pedía más horas de sueño después del ajetreado primer día que había pasado en aquella ciudad. Por otro lado, la cabeza me obligaba a aprovechar
aquellos días al máximo desde el mismo comienzo, así que le eché valor vasco,
apagué con rencor la alarmita de las narices y me incorporé. Bostecé, me froté
los ojos y, como todos los días de mi vida, me puse a buscar los calcetines que
se habían perdido entre las sábanas de la cama durante la noche. Una práctica
un tanto frustrante, sí, pero ideal para terminar de despertarse porque la mala
leche que se te va acumulando por no encontrar los malditos galtzerdis te pone más alerta que un
chute de cafeína en vena.
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2013/03/16
2012/11/14
Rodeado de catalanes (1ª parte)
¡Qué bien sienta
viajar, señores! Gente fantástica, nuevos ambientes, diferentes modos de vida y
experiencias inesperadas te asaltan a cada paso, a cada esquina, casi a cada
segundo. Mentiría si dijese que todas las experiencias son buenas, pero toda
aventura tiene sus altos y sus bajos, y los malos momentos no son más que un
aliño que eleva los buenos ratos a la categoría de inolvidables. Cuando estás
lejos de tu hogar, todo adquiere un tinte mágico y las cosas más cotidianas se
vuelven emocionantes, sobre todo cuando viajas solo (independientemente de que
vayas a reunirte con alguien en tu lugar de destino o no). Hasta hace una
semana, más o menos, yo siempre había viajado con mis padres o con la escuela y,
por lo tanto, debía ceñirme a sus gustos y exigencias: mi madre, por ejemplo,
sólo quiere ir a la playa de vacaciones, y eso siempre limita bastante mis
posibilidades. Pero, una vez cumplida la mayoría de edad y siendo libre como un
pajarillo o como un cliente de Amena, cogí mis ahorros, me busqué una buena
excusa y fecha para poder volar del nido y me embarqué en mi primera aventura
en solitario, como si de un spin-off de mi propia vida se tratase. Así, tras
dos o tres años de asedio continuo por parte de mi querida Moni, mi hermanita
Mery, y demás gente que se fue sumando a la causa con el tiempo, decidí darles
a todos mis fans amigos un gustazo y, por fin, emprendí el viaje hacia la
ciudad condal de la que tantas veces había oído hablar, esperando no encontrarme
con ninguna chica mona que me dejase por un rastafari incapaz siquiera de
cantar un blues. …Eta Siniestro
Total entzuteari utzi beharko nioke idazten nabilen bitartean.
Lo que os voy a relatar es una
historia de aventuras, alegrías y frustraciones, encuentros esperados e
inesperados, un pésimo transporte público, una preocupante falta de croquetas
y, qué demonios, romance, que tuve mucho amor bilbaíno que repartir entre tanto
catalán. Como siempre, no sé cuánto ocupará todo lo que tengo que contar, así que
será mejor darse prisa y empezar lo antes posible. ¡Bienvenidos a #MigaEnBCN!
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