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2013/03/16

Rodeado de catalanes (2ª parte)


Me desperté un tanto desconcertado, pero tardé apenas unos segundos en darme cuenta de dónde estaba y qué demonios estaba haciendo allí. Barcelona, la mundialmente famosa ciudad condal llena de chicas muy monas que no te quieren y que, en su lugar, se ligan a rastafaris calenturientos. Salón del Manga, excusa barata para ver en persona de una maldita vez a algunos de mis mejores amigos —aunque, por supuesto, eso de “barato” es un decir—. Tantos años luchando por ello y, por fin, lo había conseguido. Casi 24 horas después aún me costaba creerlo, pero las pruebas eran evidentes. Una casa desconocida, un silencio sepulcral sólo roto por la alarma de mi móvil y, sobre todo, la notoria ausencia de un perro soplagaitas que venga a darte los buenos días a base de ladridos chirriantes y lametones en los ojos. El despertador del teléfono sonaba con fuerza en el cajón en el que lo había metido. Tanteé los alrededores de la cama a ciegas y por fin agarré el dichoso aparatito. Despegué los párpados mínimamente y, en cuanto la luz del móvil me taladró las pupilas, los ojos empezaron a escocerme como nunca; prueba inequívoca de que el cuerpo me pedía más horas de sueño después del ajetreado primer día que había pasado en aquella ciudad. Por otro lado, la cabeza me obligaba a aprovechar aquellos días al máximo desde el mismo comienzo, así que le eché valor vasco, apagué con rencor la alarmita de las narices y me incorporé. Bostecé, me froté los ojos y, como todos los días de mi vida, me puse a buscar los calcetines que se habían perdido entre las sábanas de la cama durante la noche. Una práctica un tanto frustrante, sí, pero ideal para terminar de despertarse porque la mala leche que se te va acumulando por no encontrar los malditos galtzerdis te pone más alerta que un chute de cafeína en vena.

2012/11/14

Rodeado de catalanes (1ª parte)


¡Qué bien sienta viajar, señores! Gente fantástica, nuevos ambientes, diferentes modos de vida y experiencias inesperadas te asaltan a cada paso, a cada esquina, casi a cada segundo. Mentiría si dijese que todas las experiencias son buenas, pero toda aventura tiene sus altos y sus bajos, y los malos momentos no son más que un aliño que eleva los buenos ratos a la categoría de inolvidables. Cuando estás lejos de tu hogar, todo adquiere un tinte mágico y las cosas más cotidianas se vuelven emocionantes, sobre todo cuando viajas solo (independientemente de que vayas a reunirte con alguien en tu lugar de destino o no). Hasta hace una semana, más o menos, yo siempre había viajado con mis padres o con la escuela y, por lo tanto, debía ceñirme a sus gustos y exigencias: mi madre, por ejemplo, sólo quiere ir a la playa de vacaciones, y eso siempre limita bastante mis posibilidades. Pero, una vez cumplida la mayoría de edad y siendo libre como un pajarillo o como un cliente de Amena, cogí mis ahorros, me busqué una buena excusa y fecha para poder volar del nido y me embarqué en mi primera aventura en solitario, como si de un spin-off de mi propia vida se tratase. Así, tras dos o tres años de asedio continuo por parte de mi querida Moni, mi hermanita Mery, y demás gente que se fue sumando a la causa con el tiempo, decidí darles a todos mis fans amigos un gustazo y, por fin, emprendí el viaje hacia la ciudad condal de la que tantas veces había oído hablar, esperando no encontrarme con ninguna chica mona que me dejase por un rastafari incapaz siquiera de cantar un blues. …Eta Siniestro Total entzuteari utzi beharko nioke idazten nabilen bitartean.

Lo que os voy a relatar es una historia de aventuras, alegrías y frustraciones, encuentros esperados e inesperados, un pésimo transporte público, una preocupante falta de croquetas y, qué demonios, romance, que tuve mucho amor bilbaíno que repartir entre tanto catalán. Como siempre, no sé cuánto ocupará todo lo que tengo que contar, así que será mejor darse prisa y empezar lo antes posible. ¡Bienvenidos a #MigaEnBCN!