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2014/04/15

Antón Palomar: El invisible mundo del doblaje

Uno tiene sus pasiones. Las hay más obvias que otras, pero algo fácil de adivinar tras pasar cinco minutos hablando conmigo es que adoro la industria del doblaje español y sueño con que se le dé el reconocimiento que se merece. Encuentro que es un tema que se ha tratado y se trata muy mal en los medios —a excepción de alguna joyita suelta por ahí, como Voces en Imágenes—, y eso es una auténtica pena. Tenemos la enorme suerte de contar con algunos de los mejores actores de doblaje del mundo, pero nos dedicamos a aprendernos los nombres de los actores de voz estadounidenses o japoneses, que, si no hablamos dichos idiomas, ni nos van, ni nos vienen. Comprendo bien esa sensación de rechazo a todo lo que viene de nuestro país, porque, sinceramente, hay muchas producciones que son, cuanto menos, carne de San Juan, pero no es cuestión de caer en la idealización ciega del material extranjero e ignorar el trabajo autóctono realmente bien hecho.

Antón Palomar.
Creo que este tema da para mucho, pero hoy no nos concierne. En su lugar, quisiera ofrecerle al fiel lector la oportunidad de echarle un vistazo al mundo invisible del doblaje a través de los ojos de un profesional que lleva más de 20 años en el oficio. Yo mismo aspiro a entrar un día en dicho mundo —crucemos los dedos, ¡o no!—, pero creo que las palabras y experiencias de un auténtico doblador pueden resultar mucho más interesantes y enriquecedoras que cualquier cosa que yo pueda decir. Puede que leer lo que Antón Palomar, mi antiguo profesor de doblaje, me contó os haga daros cuenta de ciertas cosas que, por obvias, podríais haber pasado por alto hasta ahora.

Palomar (Bilbao, 1965) es un hombre risueño. Hablar con él y reírse a carcajadas son dos cosas que van estrechamente unidas de la mano, ya que adora los chistes y los juegos de palabras. Es una persona que sabe crear buen ambiente y, como actor que es, se muestra relajado sea cual sea la situación. Sin embargo, cuando se le pregunta por su trabajo, sus habilidades le traicionan y comienza a hablar en voz baja: despacio, suave y feliz, como un padre que habla de sus hijos. Ese amor le viene desde su juventud, y de ello me habló en esta entrevista, entre otras cosas.

1.      ¿Qué estudios cursaste?
Cuando hice COU, no tenía muy claro qué hacer. Bueno, sí tenía muy claro qué hacer, pero en casa lo que tuviera que ver con arte dramático, bellas artes o no sé qué era como... la locura. Entonces, tuve que apuntar por Empresariales; empecé Perito de Minas, y al poco me planteaba “¿qué hago yo aquí?”, y también se lo plantearían los profesores, supongo. (risas) Y finalmente acabé en Valencia, haciendo Prótesis Dental, que tenía que ver algo con la boca y el aparato fonador; ya estaba en camino. Yo sí que había hecho, con amigos y tal, siempre, desde adolescentes; habíamos hecho cosas de teatro, cortos o lo que sea. Y prueba de ello es que uno de aquéllos, de los del círculo de amigos que más estábamos, del instituto y tal, es actor profesional en Madrid a día de hoy. Otro, aunque hizo Periodismo y tiró por el tema de publicidad y tal, aún sigue haciendo cosas de cortos y teatro. En plan no profesional, pero le gusta. Y, curiosamente, también de la gente que nos movíamos, otro hizo Dirección de Arte: él pinta, de vez en cuando hace cosas de radio... Curioso. El caso es que yo acabé con la Prótesis Dental. Hombre, me gustaba, si quieres verlo así, la parte “artística”, que siempre la hay en todas partes. Y en busca de trabajo como protésico en Madrid, y ya subvencionado por mí, me fui a Madrid y entonces me metí a una escuela a aprender doblaje. Y a partir de ahí, me quedé con el doblaje; ya no hice ninguna otra cosa. Empezó a salir bien la cosa, empecé a trabajar en ello y hasta hoy. Hasta hoy, de momento. (risas)

2.      ¿Cómo acabaste en el mundo de la interpretación? ¿Fue algo vocacional?
Ya desde adolescentes hacíamos cosas en el grupo de Sorginak, o La Mandrágora. A los 20, por ejemplo, un amigo ya se fue a Madrid y hasta hoy. Y yo me quedé con el hermano pequeño, con el doblaje. Pero sí que fue desde pequeños; lo que pasa es que entonces decir en casa que [querías ser actor] era como “no, no, hay que hacer algo que dé”; ni siquiera hay que hacer Historia; hay que hacer Empresariales, Económicas... Cosas así. Algo que saque partido, cosa que hoy da igual. Hoy a los críos les dices “bueno, haced lo que os dé la gana, que os guste y que lo paséis bien, porque tiempo de estar parados ya vais a tener. Por lo menos, si no estáis parados, haréis lo que os gusta”.

3.      ¿Tienes algún modelo a seguir, o lo tenías cuando empezaste?
No, la verdad es que no. Muchos, igual, pero [ninguno en concreto]. Hay críos que desde pequeños saben qué quieren ser; yo ni siquiera sabía si quería ser bombero, o qué. Hay gente que desde pequeño lo tienen clarísimo: “yo voy a ser esto”, y luego les sale o no les sale.  A mí lo del doblaje sí que me llamaba la atención; te fijas desde crío en las voces y tal. Y dentro de la interpretación, podría haber hecho, igual, otra cosa, pero el caso es que cuadró bien.

4.      ¿Por qué actor de doblaje en vez de actor a secas?
Me imagino que [pensé] que sería más viable. Igual era un camino más corto. Lo veía, yo creo, como más viable. Yo pregunté en Madrid qué escuelas había –creo recordar que entonces había cuatro—: fui a la Unión de Actores, que estaba en la calle Montera, al lado de Sol, y ahí me hablaron de varios sitios. Llamé, pregunté, y en el que mejor encajaba por horario y por pasta, ahí acabé.

5.      ¿Has actuado alguna vez delante de las cámaras o en vivo?
Sí, pero todos fueron proyectos pequeños. Aunque, bueno, en la página de Lanbide, doy las instrucciones yo. (risas)

6.      ¿En qué año trabajaste por primera vez como doblador? ¿Recuerdas cuál fue tu primer papel?
Recuerdo que sería por el año ochenta y... algo. [No sé si] fue mi primer papel, pero desde luego la primera serie fue en un estudio que había en Pamplona, y que íbamos con una ilusión de la pera. Era una serie de animalitos, y yo hacía un zorro; no me acuerdo cómo se llamaban. El caso es que lo que me agobiaba era si perdía el registro o no, y se lo comentaba a otros que estaban empezando como yo, y resulta que me decían que [estaban] igual que yo. Me acuerdo de ir al baño y en el baño hacer la voz del personaje, porque [pensaba] “ostras, se me va a olvidar, se me va a olvidar”. Y eso es todo. Normalmente se empieza por cosas pequeñitas que ni siquiera recuerdas. Te acuerdas, igual, de lo más principal, porque al final se entra como en una rutina de hacer, hacer y hacer.

7.      ¿Te costó mucho llegar a hacerte un hueco dentro del sector del doblaje?
Supongo que sí, pero creo que he tenido suerte, que ha sido un camino rodado. Como en la mayoría de las cosas, a veces es estar en el sitio; otra cosa es que lo sepas aprovechar, y que en el momento en el que tienes una oportunidad, le puedas sacar partido. A veces lo que cuesta es encontrar esa oportunidad, pero yo creo que, después de todo, he sido afortunado: una cosa ha llevado a la otra, incluso ahora que está pegando una crisis que... Bueno, pero no es el tema. (risas)

8.      En todo el tiempo que llevas en esta profesión, has doblado a cientos o miles de personajes diferentes; demasiados para recordarlos todos, y más sabiendo que con la mayoría sólo trabajas durante unos días. Aun así, ¿hay alguno del que conserves un recuerdo especial? ¿Por qué?
Algunos duran poco, pero otros en series largas duran mucho; véase Doraemon, que ahora mismo se están haciendo los últimos 36 capítulos y van del mil treinta y algo al mil cincuenta y pico. Ese personaje, Suneo, ya es como que uno va envejeciendo con él, (risas) porque son muchos años. El personaje de Boo-chan en Shin-chan, que aunque luego me sustituyó Alberto [Escobal], porque yo estuve un año de excedencia y se quedó con el personaje. Pero también había otra serie, Kochikame, de varios cientos de capítulos, donde yo hacía a un policía tonto, a Terai. Eso, por decir algunos. [También recuerdo] Ángela Anaconda, por ejemplo, donde hacía al hermano de Ángela y a la profesora, que era una mujer un poco así. Es que hay muchísimas; tendría que haberme hecho una chuleta. (risas)

9.      Llevas muchísimo tiempo trabajando en este sector, y has vivido cómo ha evolucionado con el tiempo. ¿Cómo es el mundo del doblaje hoy comparado con cómo era hace diez o veinte años?
Rápido, veloz. Hemos pasado de la época analógica a la época digital. Hemos pasado de bandas a ordenadores. Hemos pasado de diez segundos de pre-roll para entrar a grabar, para que se sincronice el U-matic con la banda, a darle a grabar y estamos dentro, y tener, igual, un pre-roll de tres o dos segundos simplemente como una cuenta atrás; estamos dentro y grabamos. [Hemos pasado de meter unos tiempos y esperar a que aquello avance hasta el punto a localizar un take instantáneamente]. Una barbaridad, porque estamos hablando de imagen y sonido, ambas cosas, y el cambio es brutal. Por lo tanto, el volumen de takes por hora puede aumentar a la hora de hacerse. Otra cosa es que sea más o menos locura.

10.  Eres uno de los pocos actores de doblaje vascos que han salido de aquí para trabajar en sitios más importantes, como Madrid. ¿Es muy diferente trabajar fuera de Euskadi?
Técnicamente, es lo mismo: hay una convocatoria, un reparto y a grabar. Otra cosa es que en Madrid haya más trabajo y haya más pelea, porque también hay mucha más gente. Pero, vamos, como cualquier otra historia. Sí es verdad que en Madrid y en Barcelona se hacen más producciones de cine, y aquí más series de dibujos, series de televisión o este tipo de cosas. Pero aquí también se ha hecho cine, y no solamente de dibujos animados. Una que recuerdo, por ejemplo, fue Revolver, y era para el cine. Lo que pasa es que hay cosas que se graban aquí y luego se mezclan en Barcelona, o incluso se puede, por temas técnicos, [dividir el doblaje]. En la última entrega de la serie, al Inspector Gadget le hacía [Jordi Estadella] allí, [en Barcelona], y aquí se hacían al resto de los personajes. Lo mismo pasaba, por ejemplo, con Titeuf. Al personaje principal lo doblaba [Sara Vivas], y aquí se hacían los demás. Yo tenía a Vomitor. (risas)

11.  Últimamente, está de moda ver series y películas en versión original subtitulada, y muchos países han disminuido su producción de doblaje a causa de esto. ¿Qué crees que le aporta el doblaje a los contenidos audiovisuales?
La facilidad de entendimiento para la gente que no sabe idiomas, pero es la lucha de siempre: si una versión original hay que mantenerla en original, pero para quien no entiende, pues o se subtitula, o se ponen unos auriculares para que alguien haga una traducción simultánea, o se dobla. Con un subtitulado, sí puedes llegar a perderte cosas de la película, pero sí es cierto que al doblar estás “haciendo la trampa” y robándole el sonido original, pero, bueno, ésa es la pelea eterna. De todos modos, creo que se seguiría viendo igual. No creo que, porque llegase más material en versión original, la gente se pusiese a ver películas españolas porque estaban en español.

12.  ¿Cómo definirías tu trabajo?
El trabajo de un doblador tiene que ser como el trabajo de un árbitro en el campo de fútbol: tiene que ser discreto. Si se habla del árbitro, es porque algo ha hecho mal. El doblaje tiene que pasar sin pena ni gloria, en el anonimato. Otra cosa es quién está detrás de ese trabajo: no solamente los dobladores, sino los ajustadores, los traductores y un montón de gente que está también. A lo mejor, la parte más visible del mundo invisible del doblaje son los actores de doblaje, ¡y ellos son los más visibles! Hay un montón de gente alrededor que está trabajando y que es importantísimo su trabajo para un resultado aceptable o bueno, y resulta que están todavía mucho más en el anonimato. O los directores de doblaje, que a lo mejor no necesariamente tienen por qué doblar.

13.   ¿Crees que la labor de los actores de doblaje merece más reconocimiento en España, como tiene en otros países como Estados Unidos o Japón? ¿Qué mejorarías, si tuvieses la oportunidad?
Yo creo que está poco o nada reconocido, pero supongo que ése es también el lado discreto. En realidad, quien ve una película no tiene por qué plantearse que es otra persona la que le está poniendo la voz. Si empieza a "sospechar" (risas), la cosa no parece que vaya muy bien. Pero sí es cierto que la gente sabe que hay algo detrás, y simplemente se acaba hablando de varios elegidos que parece que hagan todo. Pero hay una comunidad importante de gente que dobla.

14.  La industria avanza, y tu sector no es una excepción. En los últimos años, el doblaje ha excedido los límites del cine y la televisión y se ha extendido a otros campos, siendo los videojuegos uno de los más populares hoy en día. ¿Has tenido la oportunidad de trabajar en alguno? ¿Cambia mucho el modus operandi cuando sales de lo convencional?
Sí. Que recuerde, por ejemplo, [trabajé en el juego de] Las Tortugas Ninja, donde hacía el mismo personaje que en la serie, Donatello; en Shin-chan y en Doraemon, así, que recuerde. La forma de trabajo, sí, [cambia,] porque no tienes una imagen de referencia: tienes, a lo mejor, un audio como referencia para, más o menos, ajustarte a él en tiempo y en énfasis. Eso, por un lado. En otras ocasiones, lo que se hace es grabar determinadas frases para tener recursos. Las frases se van grabando, los ad-libs –sonidos diversos de gritos, de caída, de recibir un golpe, de dar un golpe...—, y se hacen muchos diferentes para que luego haya variedad. Y a lo mejor no has tenido tampoco ninguna referencia. Puedes tener una referencia de audio, incluso ver la gráfica, y tratar de ajustarte a eso porque luego va a tener una boca, o directamente frases sueltas y luego las van colocando donde quieran. Pero también en doblaje hay varias formas: no siempre es un trocito de película que se ve varias veces, se ensaya y se graba ajustándose a la boca del personaje. Hay veces que se empieza por el otro lado, grabando los textos interpretados, y luego dibujan sobre lo grabado. Eso lo hice yo con Lorri, [un personaje de Animal Channel], que eran películas de cine. Y también puedes no tener sonido, porque es una primera producción y nunca ha tenido doblaje; no tiene música ni nada, así que se hace el doblaje, se le pone la música y se termina. Hay muchas formas.

15.  A pesar de no estar tan involucrado en el asunto como otras personas, ¿cómo estás viviendo la aparente desaparición del doblaje en euskera? ¿Ha afectado a tu trabajo de alguna manera?
Al mío, menos, porque yo no doblo en euskera, pero algo, sí, porque si las empresas o los estudios de doblaje se resienten porque no reciben “inyección” por parte de ETB, que es quien más volumen de trabajo mueve en euskera, se resiente también para todos, porque en un estudio donde hacen euskera también hacen castellano y lo que toque. Pero, si se resiente, se resiente también para el lado del castellano.

16.  Como actor en activo, eres una “figura pública”, pero, probablemente, el estar detrás del micrófono en vez de delante de las cámaras dificulta bastante que la gente se dé cuenta de quién eres, por mucho que hayan escuchado tu voz. ¿Ocurre a menudo que te reconozcan? ¿Qué se siente cuando pasa?
No, no suelen reconocerme. Es más, hay gente a quien le dices quién haces y dice “no”, así que ni aun diciéndolo. (risas) Menos a mis hijos, que reconocen en cualquier registro o en cualquier cosa que oigan grabado: "eres tú". O alguien que te haya oído mucho, porque, al final, es como una huella dactilar. Tú tienes unas formas de decir, más o menos, y te pueden llegar a pillar. Pero oírte por la calle y reconocerte, no. Pero ¿qué se siente cuando pasa? La verdad es que está bien; no es algo incómodo, es agradable. Hombre, es agradable si alguien dice “ah, tú eres no-sé-cuál, qué guay”, y no “ostras, tío, qué asco me das”. (risas) Pero de momento no ha pasado.

17.  ¿Eres de esos profesionales que desprecian el término “doblador”? ¿Crees que degrada la labor de los actores de doblaje?
A mí me da un poco igual. Igual "actor de doblaje" suena mejor, o parece que al decir “doblador” como que no se asocia, o se trata de asociar menos, a la labor artística, a la labor de actuar, pero no. Tampoco creo que la gente que diga “doblador” lo diga con connotaciones peyorativas.

18.  No sólo eres un actor, sino que también enseñas a serlo. ¿Cómo te convertiste en profesor?
Me lo ofrecieron, acepté, se formaban grupos y, bueno, lo cierto es que me lo paso bien con la gente. Tú, además, algo sabrás... (risas) Al final, siempre sale algo de ahí: prueba de ello es que estamos hoy aquí. De hecho, ya llevo unos cuantos años, y un poco como que te renueva, aunque los grupos son siempre muy heterogéneos de edad y demás. Hay veces que la gente tiene mayor conexión como grupo, y yo con ellos, pero "extra-clase" también, incluso [hasta el punto de] tomar algo. Y otras veces, no. Hay de todo, pero creo en esos nueve meses de clase, en ese “embarazo”, por lo menos, aprenden a saber cómo es la profesión y a hacer. Es un despertar, y sí puedes hacer cosas; otra cosa es que luego tengas que seguir trabajando. Y si no, sirve hasta para ponerse delante del micrófono, o para quitar vergüenzas, porque hay veces que estás ahí con grupo y tienes que estar haciendo cosas aparentemente ridículas: ponte a llorar, ponte a reír, ponte a gritar y parece que estás haciendo “otras cosas”... (risas)

19.  ¿Qué te ha aportado convertirte en profesor?
Te actualiza con la gente, porque siempre es gente nueva, y te aporta que acabas conociendo a alguien con quien, por una cosa o por otra, sigues abriendo caminos. Es un lugar de encuentro.

20.  ¿Qué es más difícil, ser actor o ser profesor?
Yo dando clases no lo paso mal, y doblando, a veces, sí. Mal en el sentido de que, cuanto peor lo pasas, mayor es el reto. Lo que pasa es que hay otra cosa que hay que añadir, y es que hay que hacerlo echando virutas. Entonces, está esa parte que no gusta del trabajo, que es "ostras, ¿y esto no se podría hacer con más tiempo?", que a lo mejor le habría dado otra vuelta, [pero] tienes la presión de Producción, del tiempo. Y luego hay trabajos que te gustan más y trabajos que te gustan menos. Hay trabajos que son más motivadores y trabajos que [lo] son menos. Una cosa es hacer un trabajo por el que te van a pagar y te pones a hacer, hacer, hacer, y crin-crin, crin-crin, crin-crin; y otra cosa es hacer cosas que reúnan todo: dificultad como reto, personaje que sea complicado, o lo que sea, como una publicidad, y que a la vez tengas tu tiempo para disfrutarlo. Pero normalmente se cruza todo. Hay cosas con las que uno realmente se lo está pasando bien, y [piensas que] esto sería bueno estar un tiempito con ello, o que tuviéramos todos los días o todas las semanas algo de esto. Una cosa es eso: dibujos animados, documentales y tal. Que hay documentales bonitos, pero igual habla más rápido que la pera y a ti te hace repetir demasiado, o porque los textos tienen unos trabalenguas más complicados que la pera; [está] ese nivel de dificultad interpretativo, que te va a costar más cada take, si lo miras por tiempo y precio, como un taxímetro. Pero el resultado, dices “joé, qué guay”, aunque normalmente no se acaba uno de quedar del todo satisfecho; siempre piensas que a esto se le podría haber dado otra vuelta. “Si hubiera podido, si me hubieran dejado... ¿Y cómo vamos? ¿Y cómo vamos? ¿Y cómo vamos de tiempo?" "Oye, pues tiene que quedar hecho..." (risas). Eso es algo de lo que se olvida la gente, o que no sabe: que, al final, esto es una cadena de montaje, como cualquier otra fábrica.

21.  ¿Tienes algún proyecto para el futuro, profesional o personal?
No lo sé. Lo que no sé, por ejemplo, es dónde va a estar el doblaje dentro de diez años. Mientras siga habiendo doblaje, probablemente siga en la rueda, en el tema; si no hay doblaje, no tendré elección. Habrá que hacer otra cosa, no sé qué, o irse, o poner un alquiler de barcos, o irse al Caribe. La verdad es que no lo sé. Ahora mismo, lo que más preocupa son los críos, que tienen 15 años, pero en cuanto se hagan mayores tampoco van a querer saber nada de mí. Pero vete a saber. ¿A mí que me gustaría? Pues estar cerca de la playita, pero las cosas están complicadas ahora, porque tampoco sabemos nuestras jubilaciones cómo van a ser, si van a ser, o qué. Hay veces que el hecho de que ocurran cosas te hace pasar a un siguiente plan sin que tú lo programes demasiado. Porque hay veces que, por más que tú programes algo, acaba viniendo como viene. Entonces, ahora mismo, a mí me gustaría seguir trabajando con esto, o con lo que esté relacionado con tema de interpretación. Si no puede ser así, tendrá que ser otra cosa, pero, ahora mismo, con seguir con eso, ya es un buen pensamiento, un itinerario. Por lo demás, no tengo tampoco ningún plan. Bueno, lo de la playa me atrae mucho. (risas)

2014/03/26

Carlos Olías de Lima: Speaker de rebote

Ya soy todo un universitario y, como todo universitario que se precie, me veo acosado por incontables asignaturas de relleno que, por muchas vueltas que intentes darle, jamás tendrán ni la más mínima relación con lo que se supone que estoy estudiando. Al lector curioso y poco informado le diré que soy estudiante de Comunicación Audiovisual en la facultad de Ciencias Sociales de la UPV, situada en ese reino ajeno a las leyes divinas y humanas llamado Lejona. Pero soy positivo. Puede que una asignatura llamada Comunicación Comercial, Corporativa e Institucional no me vaya a servir de nada jamás, pero, ¡qué caray!, eso no quiere decir que no pueda intentar disfrutarla mientras dure. Sí, es cierto; algunas asignaturas son más difíciles de disfrutar que otras, pero mi mirada positiva prefiere decir que hay clases más divertidas que otras. Y he de reconocer, y con placer, además, que les he cogido cierto gusto a las asignaturas de periodismo, por malvados que lleguen a ser mis profesores.

El periodismo es precioso; siempre y cuando puedas trabajar en las ramas divertidas, claro está. Pero, fíjate tú por dónde, tengo una asignatura que se basa exclusivamente en los géneros divertidos del periodismo, y entre ellos se encuentra el que se ha convertido rápidamente en mi favorito: la entrevista. Siempre he sentido una devoción desmedida por escuchar la historia de la gente, ya que considero que todo el mundo puede dar una respuesta interesante si se le pregunta de la manera adecuada. Lo ideal es pedirle que te cuente su vida y agarrarte al objeto fijo más próximo, pero mucha gente necesita que se la estimule un poco más para soltar, de una manera absolutamente sincera, tanto con su interlocutor como consigo mismo, todo aquello que tan celosamente guarda en su interior. Es una experiencia irrepetible, y por eso es tan poco común.

Considero que todo el mundo tiene una historia digna de ser contada, pero nuestro profesor, que es un gracioso de cuidado, nos pidió, sin embargo, que buscásemos a auténticas celebridades: en sus propias palabras, "alguien a quien yo conozca". Esto me puso en un brete, porque yo los únicos contactos que tengo son los abrazos que me da mi mamá. Fue entonces cuando, como caído del cielo, mi antiguo compañero de Doblaje, Carlos Olías de Lima, de quien ya he hablado en este blog, me concedió una entrevista en calidad de profesional, y mi profesor la aceptó, a Dios gracias.

Carlos Olías de Lima trabaja de speaker en Miribilla, amenizando partidos de baloncesto desde que iba a la universidad, y ese oficio le ha llevado a diversos lugares a demostrar sus dotes: ciclismo, eventos dispares, e incluso al mismísimo San Mamés. Olías de Lima, convertido en padre, ha vuelto recientemente a la universidad e incluso se ha decidido a sumergirse en el vasto mundo del doblaje, y me ha hablado de todos esos temas en la primera entrevista de su vida, la cual os traigo porque, sinceramente, no podría gustarme más, y me dolería no poder exprimirla como se merece.

Olías de Lima (Bilbao, 1980) es una persona peculiar. Curioso por naturaleza, antes incluso de comenzar la entrevista, él mismo me quiso hacer preguntas a mí sobre varios temas, prestando absoluta atención a todo lo que tuviera que decir. A sabiendas de que su trabajo consiste en hablar, no es difícil imaginar que él entiende mejor que nadie el valor de escuchar, pues eso es lo que le da de comer. A pesar de ser docto en su campo, parece vacilar a la hora de hablar, como si tuviese que medir cada una de sus palabras, pero todas sus declaraciones gozan de gran fuerza. En comunión con sus estudios, Olías de Lima se presenta como el paradigma de lo que esperamos de todos los políticos: sincero, responsable y sin miedo a abrirse frente a los demás.

(Y, respecto al título del artículo, sí: tenía la oportunidad de hacer un chiste de baloncesto y la he usado.)

2013/12/01

Salón del Manga de Getxo 2013

A todos nos llega alguna oportunidad de vez en cuando, por pequeña que sea. Es cierto que no se me han presentado demasiadas de momento, y la mayoría de ellas han acabado siendo decepcionantes, en el sentido más positivo de la palabra –si es que lo hubiera, vaya–. Sin embargo, resulta fascinante cómo algo pequeño y aparentemente inútil, o incluso algo que en un principio parecía poco más que un error, puede desembocar en una oportunidad enriquecedora y, cuanto menos, interesante.
Puede que algunos recordéis el artículo que escribí el año pasado acerca del Salón del Manga de Getxo y que publiqué en este mismo blog. Aunque no lo comenté directamente –si bien un ojo avizor podría haberlo intuido por las etiquetas de la entrada–, aquel reportaje estaba destinado a ser un artículo que se publicaría en Osu! Nippon, pero nunca llegó a ver la luz del día por aquellos lares. Pero ya había redactado el reportaje, así que decidí no desperdiciar mis esfuerzos y publicarlo por mi cuenta como otra entrada de blog cualquiera. Era simple cuestión de honor, en realidad. Honor y una fobia malsana a dejar un artículo sin publicar.
Curiosamente, no mucho después de colgar aquel proyecto de reportaje en el blog, recibí un e-mail de nada más y nada menos que Fernando García o “Cosmo”, quien resultó ser el mismísimo coordinador del Salón de Getxo del año pasado. Me figuro que debió buscar opiniones acerca del Salón en la red y se encontró con la mía por casualidad, porque el mío no es precisamente un blog conocido. Sea como fuere, intercambiamos varios mensajes después de eso y, tras pedírselo tan amablemente como me fue posible, se ofreció a conseguirme un pase de prensa para el próximo Salón. La verdad es que me sentí poderoso... pero acabé olvidándome del tema. Mi motivación no dura tanto.
Por suerte, el pasado 9 de noviembre, Cosmo me envió un nuevo mensaje. En él me contaba que, a diferencia del año pasado, él no se había encargado de la organización del evento en ningún sentido, pero que trataría de conseguirme el pase igualmente. La verdad es que no pensaba ir al Salón, pero la idea de acceder a un evento con acreditación personal por primera vez en mi vida fue una tentación difícil de rechazar. Y visto que mis profesores de la universidad apoyaban la idea fervientemente –de algo tiene que servir compartir asignaturas con la carrera de Periodismo, supongo–, decidí lanzarme a la aventura y tratar de hacer un trabajo digno de las credenciales que llevaría al cuello.
Por tanto, permitidme que me tome la libertad de ir un paso más allá. Me gustaría no sólo hacer una crítica personal del evento, sino, en cierta medida, contar también cómo fue mi primera experiencia como reportero no sólo dicharachero, sino también acreditado.
Vamos allá, pues.

2013/09/15

Colega

Puede que ésta no sea la mejor historia que se haya contado jamás. Puede que no sea emocionante, cautivadora ni profunda en ningún sentido. Puede que nunca enternezca un corazón, o que aquéllos que la escuchen no lleguen a comprender jamás todo lo que me gustaría expresar al contarla. Puede que no sea capaz de hacer llegar mis sentimientos, sean de la clase que sean, a aquéllos que me ofrezcan un hombro sobre el que llorar y desahogarme. Pero, ¿sabes qué? Todo eso da igual. Al diablo los demás; ninguno de ellos cuenta ahora. Los únicos que debemos ver la verdad oculta tras estas palabras somos nosotros, tú y yo, juntos como y para siempre. Y, para mí, no hay historia mejor. Ni más emocionante, ni más cautivadora, ni más profunda.
Porque, colega, ésta es la historia de un niño y su perro. Ésta es nuestra historia.

Se abre el telón. 28 de diciembre de 2008, madrugada de transición. Una valiente perra llamada Tani gastándonos una broma tardía. A su lado, congregada a su alrededor, tan valiente como ella, una familia observa el milagro y ayuda a que ocurra como humildemente puede. La broma no es tan divertida como se esperaba; uno de sus pequeños chistes, tras meses de gesta, no tuvo ni pizca de gracia cuando por fin hizo su aparición, pero, en términos generales, el espectáculo fue todo un éxito.

Así, un sano grupo de cachorrillos mestizos vio por fin la luz del día. Lo que al principio se consideró un accidente había acabado convirtiéndose en algo precioso que todos los presentes recordarían durante toda su vida con una sonrisa.

Los jovenzuelos crecían lozanos y sospechosamente inteligentes, y sorprendía lo diferentes que eran los unos de los otros. Una camada realmente variopinta en la que había hueco para toda clase de bolas de pelo, cada una con sus propias especialidades y modo de sobrevivir en aquella pequeña jungla de locos en la que no existían normas... ni sitios concretos en los que mear.

Orgullosa de su nueva condición de abuela, una mujer iba proclamando a los cuatro vientos la buena nueva allá a donde fuera, y sus retoños adoptados no podíamos quedarnos fuera de onda. Tan efusiva como siempre, mi profesora de Pintura desde sexto de primaria, Raquel Rochas, me sorprendió un día con la noticia de que su perra por fin había dado a luz.

Y, por una vez en mi vida, tuve una buena idea.

Llegó febrero. Los cachorros ya no lo eran tanto, aunque la locura continuaba en lo que a pises respecta. Y aquel viernes, aquel maravilloso viernes, te vi por primera vez. No eras más que una bola de pelo blanca y negra metida en un transportín que no parecía capaz ni de abrir los ojos. Cabías literalmente en la palma de mi mano. Tan pequeño y calentito que apenas podía creerme que no eras un muñeco de peluche. Quizás no fueses un peluche, pero eras mi muñeco de pruebas. Un adorable pequeñajo que iba a ayudarme a demostrar mi valía.
...O a intentarlo, al menos.

Sin que mis padres supiesen nada, Raquel te llevó a clase y, desde allí, pude llevarte a casa de extranjis, casi como si ese transportín fuese uno de esos maletines llenos de pasta que los mafiosos transportan de una manera tremendamente sospechosa. Allí, siguiendo las indicaciones de mi profesora –que para eso está, para indicar–, llené un pequeño bol con comida que me había dado ella misma y le puse un poco de agua. ...No se puede decir que te llamase mucho la atención. Añadí yogur, creo que hasta te puse leche aparte por si te interesaba, pero no probabas bocado. Ella me dijo que podría ser porque era un sitio nuevo para ti y aún desconfiabas, y no te lo reprocho: no soy alguien del que uno se pueda fiar demasiado, pero eso ya lo sabes.

Mis padres llegaron y te dejé en el suelo. Ya desde el primer día y sin conocerles siquiera, saliste a recibirles. Así me gusta, apuntando maneras. Os presenté con un cantarín “mirad lo que he traído” y mamá me echó una de esas miradas que, si no fuese porque te la lanza una madre, pensarías que quiere decir algo del estilo de “eres un pequeño hijo de perraperdona la expresión– y te odio”. Mi padre debió hacer lo mismo, pero es que los perros le pueden. No recuerdo qué me dijo, pero fue mucho menos amenazador de lo que esperaba. Se ve que le caíste bien.

Como me estaban pidiendo explicaciones (¿¡es que no podían limitarse a aceptar la situación!?), tuve que contárselo todo. Mi plan inicial era cuidar de una de esas bola de pelo –provisionalmente llamada Potro– durante un fin de semana, para demostrarles a mis padres que sus temores eran infundados, y sus sospechas, ridículas. Restregarles por toda la jeta y sin vaselina que era capaz de hacerme cargo de un perro aunque viviésemos en un piso pequeño, vaya. Después, el pequeñajo podría volver a su casa y vivir su vida; al fin y al cabo, según creí entender antes de que me lo trajese, todos los cachorros estaban ya “reservados” y esperando a que sus nuevos dueños les recogiesen. No obstante, cuando me lo “prestó”, mi profesora me dijo que ése en concreto no tenía a nadie con quien irse. Pero, aun así, yo nunca tuve intención de quedármelo. Pensaba que, tras eso, podríamos adoptar algún otro en alguna perrera; hay demasiados animales sin hogar ahí fuera, y me hubiera gustado hacerme cargo de uno de ellos.

El fin de semana comenzó, y tú te meabas por todas partes, sin hacer ni caso al montón de periódicos impregnados en pis que te habíamos dejado en la cocina para que supieses dónde tenías que echar tus malvados fluidos. Pero al menos ya comías, y vaya si comías. Qué apetito, igualito que el dueño. Y eso que ni te movías, ...igualito que el dueño. Tratamos de sacarte un día a la calle, pero hacía tanto frío y estabas tan asustado que ni siquiera podías andar. Criaturita, qué pena me diste. A medio camino entre el portal y la parada de bus te paraste y dijiste que allí te plantabas, que ya no te movías más. Tuve que cogerte en brazos y llevarte a casa yo mismo. Nunca se me había hecho tan cuesta arriba eso de subir hasta mi quinto piso sin ascensor. Y, ay, qué noches nos dabas. Como un bebé que no quiere quedarse solo, llorabas y llorabas para que no te encerrásemos en la cocina por la noche, pero estábamos nosotros como para fiarnos de ti y de tu vejiga de gatillo fácil. Nos salía más rentable hacerte carantoñas hasta dejarte relajado y luego largarnos cuando ya no tuvieses ganas de dar la murga.

Pero, a pesar de todas las penurias que nos hiciste pasar, tú eras mi nuevo amigo. Un amigo que buscaba refugio entre mis piernas cruzadas y se dejaba acariciar hasta quedarse profundamente dormido. Y que Dios se apiadase de mí si se me ocurría dejar de acariciarte, porque vaya broncas me echabas, so vicioso. Igualito que el dueño.

El fin de semana pasó. Y, contra todo pronóstico, devolverte a tu legítima dueña me dolió muchísimo. Lloré, sí, lloré lo que no está escrito, y empecé en el momento exacto en el que perdí a Raquel de vista, ya en el portal. No me paré a pensarlo por aquel entonces, pero ahora me doy cuenta de que aquélla fue la primera vez que te perdí. Mis padres también estaban dolidos, y cuando les propuse adoptar un perro, ahora que había quedado demostrado que era posible tenerlo en casa, me dijeron que sólo había uno que ellos pudiesen aceptar en aquel momento.

Mientras tanto, tú estabas de nuevo con tu familia, correteando por la casa en la que te habías criado. Pero con una diferencia; una pequeña diferencia que, a Dios gracias, te acercaba a mí y le demostró a mi profesora que había hecho bien mi trabajo: a pesar de que podrías haberlo hecho en cualquier otro punto de la casa, desde que volviste, tú sólo dormías sobre mi ropa. La ropa que mi madre había dejado en el transportín en el que te había traído a casa, la cual todavía olía a nosotros, y espero que a mí.

Se puede decir que el amor era mutuo, supongo.

Raquel te trajo a casa del mismo modo que yo lo había hecho tan solo unos días atrás, y recuperarte curó al instante todas las heridas de mi corazón. El cuchillo estaba fuera, y tus lametones no tardaron en hacer cicatrizar el dolor que había sentido al perderte. Me sentía feliz como nunca. Puede que nunca llegases a saberlo, pero aquélla era la culminación del sueño de mi vida. eras el sueño de mi vida. Mi sueño era tener un perro al que pudiese llamar mío, al que poder cuidar y querer. Ese día, el día en el que mi sueño se cumplió por fin, tú llegaste a tu auténtico hogar, pero no estoy hablando de nuestra casa. Cuando te vi allí de nuevo, con nosotros, y supe que nunca volverías a marcharte, llegaste a lo más profundo de mi ser. Y en ese momento supe que, por mucho tiempo que pasase, ese lugar siempre, siempre te pertenecería. Nadie más que tú podría llenarlo.

Y, a partir de ese punto, ¿qué podría decirte que no sepas ya? Tú lo viviste todo conmigo. Creciste a mi lado, y en la palma donde antes cabía tu cuerpo entero acabó por no entrar ni tu cabeza. Tú eras mi fuente de apoyo cuando me sentía mal; me dejabas abrazarte y me devolvías ese cariño a lametones. Nuestros largos paseos por Bilbao eran lo que me animaba y me ayudó a hacerle frente al estrés y a la falta de concentración durante periodos duros de mi vida. Tú me ayudaste a ser mejor persona, a relacionarme más abiertamente sin perder mi propia forma de ser, y gracias a ti aprendí que confiar en la gente no siempre acaba mal. A ti era a quien le contaba las lecciones cuando estudiaba, y tú te quedabas ahí quieto, mirándome fijamente, como si entendieses cada una de esas aburridas palabras a la perfección y estuvieses deseando escuchar más. Recuerdo con una sonrisa esos días en los que te llevaba al parque y, mientras tú jugabas y explorabas, yo podía recostarme sobre la hierba y leer manga tranquilamente, a sabiendas de que tú volverías cuando estuvieses cansado y me pedirías que te llevase ya a casa; aunque no faltaban los días en los que pasábamos de todos los demás y jugábamos nosotros solos. ...Y siento mucho que últimamente ya no jugásemos como solíamos hacerlo.

También recuerdo con cariño que te tumbabas a mi lado mientras dibujaba, e incluso me dabas tu opinión a veces, ladrando o apartando la cabeza para decirme lo que pensabas, y a menudo coincidíamos. Nunca olvidaré aquella vez en la que me oíste maldecir a un entrenador de Pokémon Battle Revolution y empezaste a ladrarle a la pantalla como si fuese tu propio enemigo. Mientras escribía, sabía que tú estabas detrás de mí, mirándome fijamente hasta que no podías aguantar más y te quedabas dormido. Sólo girarme y verte allí, tumbado en mi cama, ya me hacía sentir bien. Tu presencia era la única que me gustaba tener cerca a la hora de trabajar; relajada, a menudo callada, sin juzgar lo que hiciese ni por qué lo hiciese. Te limitabas a estar conmigo y a observarme. Y, cuando me veías poner caras raras por cualquier razón, te acercabas a mí para darme cariño y apoyo, lo necesitase o no. Un amor incondicional que, créeme, es fácil echar de menos.

Tú me viste hacer todo lo que vale la pena contar: empezar, aguantar y terminar; descubrirme a mí mismo al descubrir que todo lo anterior era una gran mentira; la tristeza y frustración de sentir que no valía para nada, y también la alegría de encontrar un lugar del que me sentía parte, en el que me sentía a gusto. La rabia más absoluta y la mayor de las satisfacciones. Encontrar a gente y perderla con el tiempo. Cambiar, cambiar, cambiar, y todo, en el fondo, gracias a ti. Tú lo viste todo, sí, y también lo provocaste. Incluso me viste hacerme pedazos, sufrir y recomponerme, aunque no pudieras estar a mi lado cuando más necesitaba ese apoyo. Esa última vez.

Papá y mamá llevaban desde el sábado en el pueblo y, por primera vez en nuestras vidas, nos habían dado un voto de confianza y nos habían dejado solos en casa para que nos cuidásemos por nuestra cuenta. Y lo llevábamos francamente bien, la verdad: como teníamos todo el día para nosotros, dábamos largos paseos, dormíamos hasta tarde, comíamos cuando y lo que nos daba la gana, y aún nos sobraba tiempo para jugar juntos o ir cada uno por nuestro lado y, mientras tú dormías, yo podía hacer lo que me apeteciese en cada momento. Pero, si hubiese sabido lo que te esperaba, créeme: no te hubiera dejado dormir ni un solo minuto.

El jueves empezó todo. Estaba acostumbrado y preparado para ayudarte a combatirlos, pero ese ataque epiléptico a las seis de la tarde y en medio del pasillo me sorprendió mucho. Siempre solían darte en la cocina, durante la cena, y aquella situación se salía mucho de lo común. Pero, como siempre, hice lo posible por ayudarte y saliste del apuro sin problemas. De hecho, saliste mucho mejor parado de lo normal: ni siquiera te hiciste pis encima, y eso era mucho decir en tu caso. Aún hoy, sigo pensando que lo hiciste por mí, por no hacerlo en la moqueta. Sabías que, al contrario que el suelo de la cocina o del baño, la moqueta no era el sitio para hacer pis, y quizás no siempre lo demostrases, pero en el fondo eras mucho más considerado de lo que pudiera parecer. Lo noté muchas veces.

Como cada noche, llamé a mis padres, y tuve que contarles lo sucedido. Mamá me dijo que tuviera cuidado, ya que, si ese ataque había sido “suave”, podría darte otro. Desde luego, el primero no había sido leve en absoluto; simplemente, te habías recuperado bien, y eso me alegraba. Pero, aun así, ella tenía razón. No recuerdo la hora exacta, pero, sobre las dos de la mañana, te dio el segundo del día. De nuevo, no te hiciste pis, y, de nuevo, te recuperaste con facilidad. Durante un momento, pensé que, quizás, la nueva medicación que te estábamos dando fuera la causante de esas reacciones tan, digamos, “positivas”, pero, en el fondo, no podía evitar preocuparme. Seguía siendo muy raro.

Desde luego, algo no marchaba bien.

Al día siguiente, casi se me había olvidado todo ese tema. Salimos a la calle y, si no recuerdo mal, dimos un largo paseo desde nuestro barrio hasta Deusto, donde yo estuve estudiando durante el curso, y volvimos a casa. Tengo ese día bastante borroso; lo siento si me equivoco. Creo que fue entonces cuando conocimos a aquel hombre tan simpático que también iba con un perrillo blanco (o una perrilla, no lo sé) por la cuesta que sube desde el Guggenheim hasta Artxanda. Tú, como siempre, saludaste a aquel pequeñajo, pasaste de él a los treinta segundos y esperaste pacientemente a que yo terminase de hablar con aquel señor. Qué bien te lo tomabas; siempre me hizo gracia. Con el tiempo te habías vuelto muy bueno y comprensivo. Y pensar que eras un torbellino de pequeño... Ay, nunca debimos castrarte; engordar te volvió mucho más sumiso. Y, a pesar de todo, durante aquella semana perdiste casi dos quilos. Sé que es tarde, pero... enhorabuena, pequeño. Sabías seguirme el ritmo.

Llegó la noche. Llamé a mamá y le dije que el día había transcurrido muy bien a pesar del segundo incidente de la noche anterior. Tú estabas feliz, y yo también. Absolutamente nada en ti indicaba que tuvieses eso dentro. Estabas rechoncho, sí, pero sano como una manzana. No es que Íñigo y Eva te lo dijesen por cumplir contigo; cualquier otro veterinario te hubiese dado el mismo diagnóstico. Salvo ese pequeño estigma invisible, eras un perro en la flor de la vida y lleno de ella. No te merecías lo que estabas a punto de sufrir.

Estaba en la sala cuando todo empezó. A la una y cuarto de la madrugada, oí el inconfundible sonido de tu cuerpo golpeando el suelo por culpa de los espasmos en la otra punta de la casa, enfrente de la puerta del dormitorio de papá y mamá, donde solías recostarte. Me levanté de un salto y fue a socorrerte lo más rápido que pude, y, por suerte, pude llegar antes de que te pasase nada. Pero no tenía a mano nada que pudiese usar para ayudarte. El palo que solíamos usar para que no te mordieses ni te tragases la lengua estaba en la cocina, y no podía volver a por él. Tampoco había nada a mi alrededor que pudiese usar, así que, como tantas otras veces, opté por lo más sencillo y te metí la mano en la boca. Pero, aquella vez, hiciste lo que nunca antes y, en vez de dejar que la boca te vibrase como siempre, simplemente, mordiste. Tus colmillos se clavaron en mi piel como navajas y la atravesaron a medida que tu boca se iba cerrando más y más, hundiéndose poco a poco en mi carne. Oí mis huesos crujir dentro de tu boca y se me aceleró el aliento. El dolor era terrible, y llegué a pensar que me habías roto la mano. Y, por mucho que lo intentaba, no conseguía que me soltases. Ahora, cuando lo pienso, siento que tratabas de aferrarte a mí con todas tus fuerzas y no dejarme ir jamás. Puede que tú lo supieras todo ya desde aquel momento y que, simplemente, yo no supiese entender tus señales. De haberlo sabido, te hubiera dejado morder a placer. Al fin y al cabo, siempre fue nuestra manera de saludarnos.
Y quizás, ésa fue tu forma de despedirte de mí.

Volviste a recuperarte rápido, y de nuevo no te pasó nada más. Nada de pis, y creo que nada de caca. Pero la cantidad de ataques ya era desquiciante. Tres en dos días no era nada normal, y menos a esas horas. Pero lo dejé estar. Lo dejé estar sin pensar en ello. Jamás se me pasó por la cabeza que algo como lo que estaba a punto de sucederte pudiese llegar a pasar jamás. Confiaba en que estaríamos juntos hasta tu fin natural, tras una vida larga y plena a mi lado, a nuestro lado. Quería seguir creciendo a tu lado, seguir compartiendo cosas contigo, y que tus ojos me viesen llegar a donde quiera que el destino me llevase. Y que vinieses conmigo en cuerpo y mente. Juntos como un equipo, como un tándem, siempre de la mano, inseparables como un pack de yogures (si me permites el pequeño chiste en un momento tan delicado como éste). Como siempre nos habían visto y como quería que siguieran viéndonos. Como todos los demás nos recordarán y como estábamos destinados a seguir pasando los días. Pero la vida es cruel, siempre lo hemos sabido. No te merecías lo que te pasó, y... yo tampoco.

Nadie, absolutamente nadie lo sentirá nunca jamás como yo lo sentí y lo sentiré siempre. Porque, bolita, nadie nunca te quiso como te quise yo. Una vez oí que no existe relación más fuerte que la que hay entre un niño y su perro, y ahora sé que es verdad. Lo supe desde el mismo día en el que te puse el nombre. ¿Te dije alguna vez que viene de un Pokémon? A muchos les hacía gracia, pero significaba mucho más de lo que ellos piensan. Porque ya te perdí una vez, y tuve la suerte de recuperarte. Te tuve otra vez, y volví a sentir lo mismo que sentí la primera vez que te tuve en casa. Lo mismo, exactamente. Ídem. “Ditto”. Jamás le conté a nadie ese significado; me lo guardaba para mí. Era nuestro... pequeño secreto. Algo que los demás no podrían entender ni aunque se lo explicase. Y esa sensación se repite ahora.

Estoy tratando de ser fuerte, por todos, pero me estoy quedando sin fuerzas y no sé cuánto más podré aguantar. Mamá y papá no pueden verme llorar o se les partirá el corazón. Lo mismo pasa con Raquel y con todos los que te quisieron. Tengo que ser fuerte por ellos, para que no sufran, y si no puedo serlo, al menos, debo aparentarlo. Por eso lloro por la noche, cuando ya nadie puede verme. Lo siento. Sé que no debería empañar tu recuerdo con lágrimas, pero no puedo evitarlo. Todo esto es demasiado para mí. Llevo ya mucho tiempo fingiendo esta sonrisa y haciendo creer a la gente que estoy bien, pero no es así. Aún te necesitaba, y siento que el peso sobre mis hombros ahora mismo es algo que no puedo llevar yo solo. Tú siempre me apoyaste, e, iluso de mí, pensé que siempre sería así. Que estarías ahí para verme entrar en la universidad, graduarme, encontrar mi primer trabajo como doblador y salir al mundo, y podrías compartir conmigo todos esos momentos. Pero ya no estás. Y, ahora, sólo puedo rezar para que me des fuerzas para seguir adelante. Sé que siempre te estoy pidiendo que cuides de los demás porque yo no lo necesito, pero ambos sabemos que es mentira. Sé que puedo aguantar, pero no sé cuánto. Llegará un momento en el que no podré más, y sé que, si no me ayudas, me romperé. Ahora, en el final, es cuando necesito sentirte a mi lado más que nunca, a pesar de que no estés.

Las tres y cuarto de la mañana, y tres nombres. Tres nombres fueron lo único que logré escribir ese día antes de que todo empezase, antes del principio del final. Oí un ruido fortísimo a mi espalda y me giré. Allí estaba el cuarto. El cuarto ataque en dos días. Me tomé un segundo para no pensar en que estaba siendo demasiado y en que ya me lo temía, y fui a socorrerte. La primera sacudida había sido tan fuerte que había movido la cama y había creado un hueco lo suficientemente grande entre el somier y la pared como para que te cayeses en él de lleno y te quedases atrapado mientras los espasmos continuaban. Por suerte, pude sujetarte la cabeza con la mano vendada para evitar que te golpeases contra la pared. En aquella situación, no podía sacarte de allí, pero al menos estarías quieto hasta que los espasmos cesasen, y por suerte lo hicieron rápido. Te saqué de allí en cuanto dejaste de temblar y te tumbé en la cama, pero estabas demasiado ido como para escucharme cuando te decía que te quedases allí para recuperarte. Tú sólo querías bajar, así que te dejé vía libre y te puse en el suelo, porque sabía que te darías un golpe si tratabas de bajar solo. Y, entonces, empezaron las que fueron probablemente las horas más horribles y desquiciantes de mi vida.

Sabía que algo no marchaba bien, pero nunca imaginé que pudiese llegar a esos extremos. Lo de aquel día era, simplemente, superior a cualquier otra cosa que te hubiese visto hacer hasta entonces. No eras tú, incluso dentro del hecho de que nunca lo eras justo después de que esa maldita enfermedad hiciese mella en ti. Aún hoy, pensado en frío, soy incapaz de describirlo de una manera lo suficientemente fehaciente como para conseguir que tú mismo puedas entenderlo, porque creo sinceramente que no eras consciente en absoluto de lo que hacías. No caminabas, dabas tumbos. Andabas sin rumbo hasta que, literalmente, no podías seguir avanzando. Te trababas en las paredes y acababas con la cabeza contra las esquinas de la casa, apoyando la barbilla en ellas como si quisieses seguir hacia delante a toda cosa, aunque tuvieses que trepar por el muro. Y, tras llegar a esa posición, no movías un músculo ni hacías ninguna clase de ademán de querer salir de allí, casi esperando a que la pared desapareciese de tu camino para poder seguir avanzando. Te sacaba de allí, vagabundeabas por la casa y seguías haciendo lo mismo en cualquier esquina, en cualquier habitación. Era realmente desesperante verte hacer eso, y el pecho vuelve a oprimírseme cada vez que lo recuerdo. Por simple que parezca, fue una visión abominable. Verte en un estado tan sumamente desvalido e inhumano, deambulando sin rumbo como un alma perdida en un cuerpo que ya no podía retenerla. Creo que fue entonces cuando perdí casi todas mis esperanzas y comencé a entender lo que estaba a punto de suceder, pero, por favor... compréndeme si no quise aceptarlo.

Conseguí sacarte de mi cuarto y del pasillo, y te llevé a la cocina para tenerte más controlado, pero seguías haciendo exactamente lo mismo. Tu único afán era buscar un punto muerto, fuese en una esquina entre dos paredes, entre las patas de un montón de sillas o contra la puerta de debajo del fregadero. Trataba de retenerte, pero mi cuerpo era el único punto muerto que no parecía satisfacerte. La desesperación me cegó, y te grité que parases; espero que puedas perdonarme por ello. Cuando lo pienso, la primera vez que te vi sufrir un ataque, también te grité aunque sabía que no obtendría una respuesta por alto que hablase, pero es fruto de la impotencia. Supongo que todo debe acabar del mismo modo en el que empezó.

Harto de verte vagar, te sujeté por la fuerza. Necesitaba que te calmases, y calmarme yo mismo para poder volver a pensar como una persona racional. Pero aquel momento nunca llegó. Porque, en el mismo momento en el que pareció que te calmabas y te miré, vi que si habías dejado de moverte era porque te estaba dando otro ataque epiléptico más. Allí, justo entre mis brazos. Esa vez pude meterte el muñeco en la boca para que no te mordieses ni te tragases la lengua... o algo peor, yo qué sé. Nunca había sentido aquello tan de cerca. Al estar tú en alto, pude notar por primera vez cómo tu cuerpo entero temblaba con cada sacudida, pero no podía detectar de dónde provenían. Era como si las convulsiones comenzasen y terminasen en todos los puntos de tu cuerpo al mismo tiempo. Y allí estuve, sujetándote con cuidado a lo largo de aquel terrible ataque.

Y, sinceramente, no puedo recordar mucho más.

Sé que te estuve sujetando todo el tiempo. Sé que sufrías un ataque tras otro, y que llegaron fácilmente a los cuatro o cinco seguidos. Sé que buscaba cualquier cosa a mi alrededor para que no te mordieses. Pero no soy capaz de concretar nada. Lo único que recuerdo es esa angustia que me corroía, la impotencia y el dolor que ya empezaba a clavarse en mí. Te escapabas de mis manos antes mis narices, y yo no era capaz de retenerte. No era capaz de hacer nada. No hay dolor mayor que sentir morir a alguien entre tus propios brazos mientras te debates entre qué es lo que puedes hacer por ayudar, aunque sea en lo más mínimo.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que se me ocurrió qué hacer. No sé si el haber reaccionado más rápido hubiese cambiado algo o no, pero prefiero no pensar en ello. Prefiero ceñirme al sentimiento que me ayudó y me ha seguido ayudando a sobrellevar toda esta locura: el sentimiento de saber que hice lo que pude, que no tengo nada de lo que arrepentirme. Lo siento si me repito, mi chico, pero es algo que he de grabarme a fuego en el corazón o jamás superaré este golpe. Si no me autoconvenzo de que no tengo culpa, de que traté de salvarte como mejor pude hacerlo, y de que estarías orgulloso de mí si hubieras estado consciente en aquel momento, no podré seguir viviendo tranquilo. Necesito saber que, si ahora no estás aquí, no es por mi culpa. Y si tengo que mirar a las cicatrices de mi mano para recordarlo, lo haré. Por eso espero que no desaparezcan nunca. Además de tu recuerdo, es lo único que me queda de ti.

Recuperé la noción del tiempo y del espacio de golpe; sigo sin saber por qué. Busqué aquellas cápsulas que nos recetó el veterinario y que, según él, valían para calmarte durante los ataques, pero no las encontré. Por eso, y arrepintiéndome en el alma, llamé al pueblo y mamá me cogió el teléfono. No pude explicarle bien lo que pasó porque no tenía tiempo ni ganas, pero me dijo dónde estaba lo que buscaba y te metí un par de esas cápsulas. Salían vacías de líquido pero llenas de... ya sabes qué, ja, ja. Muy bonito, pensar en esas cosas mientras lo estabas pasando tan mal. Pero trataba de buscar un mínimo de relax en aquella situación, supongo, y mi cuerpo reaccionó. Aunque no pude reírme.

Las horas siguientes fueron... dolorosas. Una vez te calmaste mínimamente, empecé a hacer llamadas. Emergencias, veterinarios de toda la zona, y una chica muy amable que estuvo pendiente de mí durante toda la noche, dándome apoyo y tranquilizándome, y trató de ayudarme a encontrar a algún veterinario que viniese a hacerse cargo de ti para tratar de salvarte, pero no tuvo suerte. Entre otros números, me dio el de un veterinario estúpido hasta la médula que no paraba de darme explicaciones ridículamente largas y tópicas acerca de tu enfermedad que yo ya había escuchado mil veces y que se negó a venir a ayudarte porque “quedaba lejos”. ...Menudo hijo de puta; disculpa la expresión. No me gustaría ahondar demasiado en esto, la verdad. Fue todo muy desesperante, y lo sigue siendo. Nada salía como tenía que salir, nadie estaba donde tenía que estar, y ninguno de mis esfuerzos sirvió para nada. O quizás sí, no lo sé. Puede que, sin mi ayuda, no hubieses aguantado tanto. Puede que no hubieses visto un nuevo amanecer y hubieses muerto en mitad de la madrugada. Pero no hay manera de saber eso. Yo... hice lo que estuvo en mi mano. Sólo siento que no fuese suficiente.

Dieron las seis de la mañana. Tus espasmos habían cesado y había conseguido colocarte en tu capazo, que me perteneció a mí cuando era pequeño. Tenías la cabeza sobre el duro borde, pero te la había acolchado con la alfombra que usaba mamá para cocinar y con uno de los cojines de las sillas. Sólo parecías muy, muy cansado. Resoplabas con fuerza, tratando de recuperarte, pero seguías perdido. No reaccionabas a nada. Ni movimiento, ni ruido. Luchabas por sobrevivir, y eso te mantenía más que ocupado. Y yo seguía a tu lado, como lo había estado durante las últimas tres horas. Tres de la horas más largas y dolorosas, y al mismo tiempo más etéreas y frágiles de mi vida. Fue... una sensación realmente extraña. El tiempo tiende a pasar despacio cuando no tienes nada que hacer, pero, aquella noche en la que no paré de trabajar para tratar de salvarte, el tiempo pasaba despacio. Las horas suelen volar cuando trabajo por la noche, pero no aquel día. Supongo que no hay sensación capaz de equipararse a ésa, y quien no lo haya vivido no puede comprenderlo. Me pregunto si tú puedes. Me pregunto si en aquel momento seguías realmente vivo.

Aquella chica tan amable me dijo que, si estabas estable, te pusiese otra de esas cápsulas y me fuese a dormir. Lo necesitaba, y ella lo sabía; al fin y al cabo, aquella noche no había dormido nada. Me aseguró que la cápsula por dosis anal no te haría ningún mal, y le hice caso. También me recomendó que te pusiese otra cuando me despertase, si aún no te habías recuperado del todo. Así que, por si recaías, me fui a dormir al sofá, que quedaba mucho más cerca de la cocina que mi cuarto, y dormí allí.

Me desperté a las dos horas, incapaz de dormir más, y fui a verte. Seguías exactamente igual. Jadeabas con fuerza, con la lengua fuera, como siempre. Te acaricié, te besé, te saludé y te puse comida, por si acaso te despertabas con hambre. Al fin y al cabo, los ataques solían dejarte con un ansia de comer aparentemente insaciable, y no quería que lo pasases aún peor. Te fui a meter otra cápsula y vi que habías llenado el capazo de una espesa caca líquida, pero me dio igual, sinceramente. Comprobé que tenías agua en el baño por si querías beber, ya que debías estar sediento después de semejante experiencia. Sorprendentemente, tardé hasta media hora en hacer todo eso. Supongo que me quedé mirando al escenario en algún momento, de manera inconsciente. Tú, en medio de la cocina, metido en el capazo, luchando por sobrevivir en un entorno lleno de agua, pis y pelo. Fregué un poco antes de marcharme; no quería que, en caso de que te levantases, te estuvieses resbalando en tu propio pis.

Volví al sofá a las ocho y media, entonces, y dormí otras dos horas exactas. Pero lo que vi cuando me desperté... en fin. Nadie mejor que tú lo sabe. O quizás tú seas quien menos constancia tiene de ello, no lo sé. Lo único de lo que estoy seguro es de que ya no estabas.

Bueno... no. No lo estaba. Algo en mi interior quería creer que aún podrías salvarte, que no era del todo tarde, y que en algún momento podrías llegar a... revivir, de algún modo. Pero no me dejé autoconvencer de eso. Si hubiese llegado a crearme esperanzas cuando sabía que no las había, el golpe hubiese sido mucho más duro de sobrellevar. Era mejor aceptar las cosas como eran. Tú ya no estabas.

Y sólo entonces pude empezar a llorar.

Y, el resto... es historia. Nadie estaba. Nadie. Ni mi familia, ni mis amigos. Maldito agosto de los cojones. El único apoyo que recibí fue el del chico que vino a recogerte para llevarte a la incineradora, y eso que ni siquiera le conocía. Me dijo que su gato había muerto pocas semanas antes y sabía por lo que estaba pasando, así que me ofreció un abrazo cuando le dije que estaba solo. Y se lo agradecí muchísimo.

No quisiera tener que contarte más. Sé que has visto el resto desde allá donde estés. Me has visto sufrir, echarte de menos y llorarte como lo estoy haciendo ahora. Pero hay algo que me gustaría decirte antes de que te vayas.

Gracias.

Gracias por todo. Gracias por enseñarme, por aguantarme y, sobre todo, por quererme. Gracias por aceptarme como soy y por saber perdonarme todas aquellas veces que no fui un buen dueño. Gracias por el apoyo, la ayuda y la compañía. Gracias por dejarme ver que no se debe ser especial para ser amado incondicionalmente. Gracias por darme tanto y pedir tan poco a cambio. Gracias por ser lo mejor que me ha pasado nunca y por cambiarme a mejor.

Me has hecho conocer gente. Me has hecho más fuerte y valiente. Contigo, he sentido menos miedo y he sido capaz de afrontar temores. Sólo Dios sabe qué sería de mí ahora si no te hubiese conocido nunca, pero es algo que no quiero imaginar. Y, ahora, impotente, sólo puedo decirte una última cosa.

Adiós, mi mejor amigo. Adiós, compañero de penas. Adiós, mi apoyo en los momentos duros. Adiós, mi bola de pelo caliente que me acompañaba al dormir y se enfadaba conmigo por no dejarle acaparar la cama. Adiós, causante de que ahora me sienta más a gusto conmigo mismo en más de un sentido. Adiós, perro de mil y un nombres que todos los reconocía. Adiós, pinreles olorosos, barriga rechoncha y dientes como agujas. Adiós, hermano de otra raza, alma gemela, media naranja, parte de mí, de mi espíritu y de mi propio cuerpo. Adiós, y hasta siempre. Nos volveremos a encontrar muy pronto, si es que alguna vez hemos dejado de estar juntos. Sé que sigues a mi lado aunque no te vea, pues te llevo siempre conmigo, en cuerpo, gracias a tu collar, y en alma, gracias a los recuerdos que compartimos. Te agradezco todo lo que sigues haciendo por mí en las sombras, pero espero poder volver a verte algún día. Pero, hasta que ese día llegue, hasta que podamos volver a estar juntos... cuida bien de todos, mantenles seguros. No dejes que Fígaro te mangonee sólo por ser el primero. Llévate bien con el abuelo; estoy seguro de que le encantaban los perros tanto como a la abuela, aunque ella no siempre lo mostrase abiertamente. Y, si les ves, no te lleves mal con Bost ni con Cora, ni con Charlie tampoco, anda. La persona que le quiso a él tanto como yo te quise a ti ha hecho mucho por mí, por ambos, y debéis llevaros bien por nosotros.

Adiós, colega. Descansa en paz por fin; te lo mereces.

28-diciembre-2008 – 10-agosto-2013

A Ditto: un potro salvaje e incontrolable que siempre cabalgó con fuerza y sin miedo a través de los infinitos prados de dolor y sufrimiento que nunca mereció tener que recorrer.

Si es que sólo le falta hablar.”